"Yo
prefiero
asarlo".
Martha
tiene
treinta
y
tantos
años
y
está
tumbada
sobre
un
diván.
Si
la
miras
desde
arriba,
como
hace
la
cámara,
verás
el
óvalo
blanco
de
su
cara
enmarcado
por
un
cabello
castaño
que
flota,
muy
largo,
hacia
la
derecha.
Y
te
recordará
a
la
Venus
de
Boticelli.
Le
está
contando
una
receta
de
cocina
a
un
hombre
joven
y
serio
que
escucha
con
desgana
e
inicia
un
breve
diálogo:
-
Martha,
¿por
qué
viene
usted
a
verme
todas
las
semanas?
-
Porque
mi
jefa
me
ha
dicho
que
me
despedirá
si
no
sigo
una
terapia.
-
¿Y
por
qué
cree
que
su
jefa
le
ha
dicho
eso?
Entonces
Martha
se
encoge
de
hombros,
abre
los
brazos
y,
con
la
mirada
y
la
voz
más
inocentes
del
mundo,
desarma
al
psicólogo
y
empieza
a
cautivar
al
espectador:
-
Pues...,
no
sé.
No
tengo
ni
idea.
Después
la
vemos
en
la
cocina
de
un
restaurante,
entre
una
docena
de
hombres
y
mujeres
de
blanco,
que
cocinan
o
sirven
a
los
clientes.
Todos
se
dirigen
a
ella,
y
ella
responde,
ordena,
coordina.
Porque
Martha
es
el
chef
del
restaurante
de
Frida,
uno
de
los
mejores
de
Hamburgo.
Nos
parece
meticulosa
y
perfeccionista,
celosa
del
secreto
de
sus
recetas
exquisitas,
halagada
por
una
clientela
que
se
deshace
en
elogios.
Sabe
que
es
la
mejor
y
nunca
baja
la
guardia:
está
en
todos
los
detalles,
maneja
los
ingredientes,
los
porcentajes
y
los
tiempos,
y
controla
una
endiablada
logística
capaz
de
atender
a
la
vez
cuarenta
y
siete
cubiertos.
Luego
está
la
música:
en
el
restaurante
y
en
la
película.
Canciones
italianas
con
un
ritmo
insistente
y
pegadizo
que
desborda
alegría.
O
el
susurro
apagado
del
violín
y
del
bajo,
que
parecen
tocados
sobre
las
cuerdas
más
sensibles
de
tu
propio
corazón
para
subrayar
una
muerte
inesperada,
una
separación
dolorosa,
la
soledad
de
Martha.
Porque
Martha
vive
sola
y
está
sola.
No
tiene
amigos.
Tiene
sabiduría
culinaria
para
dirigir
un
restaurante
exquisito,
pero
en
la
película
queda
claro
que
la
coordinación
del
trabajo
meticuloso
y
exigente
de
un
prupo
de
personas
requiere
otro
tipo
de
sabiduría.
Además
de
competencia
profesional,
precisa
competencia
humana:
algo
así
como
un
talante
tejido
de
exigencia
y
flexibilidad,
perspicacia
y
comprensión,
confianza
y
diálogo.
Porque
trabajar
es
convivir,
y
la
convivencia
siempre
pide
acompasar
sentimientos,
limar
asperezas,
olvidarse
un
poco
de
uno
mismo
y
ponerse
en
la
piel
de
los
colegas,
asumir
de
alguna
manera
sus
problemas.
Martha
tiende
a
ser
inflexible
y
cortante,
desconfiada
y
suspicaz.
Ni
admite
fallos
ni
se
los
permite.
Tampoco
encaja
la
más
pequeña
crítica,
pues
se
cree
perfecta.
Así,
todas
sus
recetas
son
sabrosas,
pero
ella
misma
resulta
un
plato
difícil
de
tragar
y
digerir.
Se
diría
que
todo
lo
que
Martha
sabe
de
cocina
lo
desconoce
del
corazón
humano
y
de
sí
misma.
O
tal
vez
no,
porque
Martha
sufre
la
falta
de
unos
amigos
y
un
amor.
Pero
no
sabe
salir
de
su
torpeza
afectiva.
Aunque
le
gustaría
amar
y
ser
amada,
solo
sabe
representar
el
papel
de
erizo
que
va
a
su
bola.
Y
por
eso
precisamente
cae
bien
al
espectador.
En
su
dolorosa
inmadurez,
en
su
torpeza
en
el
manejo
de
los
sentimientos
propios
y
ajenos,
en
su
papel
de
mujer
independiente,
que
ha
cambiado
su
corazón
por
un
manual
de
cocina,
fuerte
y
frágil
a
la
vez,
Martha
nos
resulta
conmovedora
y
deliciosa,
como
el
título
exacto
de
la
película.
Sus
días
se
nos
presentan
como
una
parábola
sobre
algunos
aspectos
típicos
de
la
vida
moderna,
sobre
el
trabajo
y
las
relaciones
humanas,
sobre
los
sentimientos
y
la
necesidad
de
amar.
Por
eso,
sus
imágenes
y
sus
dialógos,
envueltos
en
una
música
magnífica,
dicen
mucho
al
que
dirige
una
empresa
y
al
que
es
dirigido,
al
que
debe
educar
a
sus
hijos
y
al
que
es
educado,
al
profesor
y
a
sus
alumnos.
Al
final,
¿qué
es
lo
que
necesita
esta
joven
mujer?
No
parece
que
el
psicólogo
pasmarote,
que
la
escucha
con
cara
de
aburrimiento
infinito,
vaya
a
aportar
algo.
Martha
necesita
darse
de
bruces
con
alguien
tan
bueno
en
la
cocina
como
ella,
pero
alegre
y
divertido,
sencillo
y
locuaz,
que
sepa
cantar
y
contar
un
chiste,
hablar
de
fútbol
y
de
música,
escuchar
y
comprender.
Martha
necesita
a
Mario,
y
eso
es
lo
que
también
nos
regala
la
guionista
y
directora
de
esta
deliciosa
película,
Deliciosa
Martha.
"Existe
un
feroz
dragón
llamado
tú
debes,
pero
contra
él
arroja
el
superhombre
las
palabras
yo
quiero".
Durante
un
siglo,
esta
pretensión
de
Nietzsche
ha
ido
calando
en
los
países
occidentales
hasta
provocar
una
profunda
inversión
de
la
moral
pensada
y
vivida.
Un
ejemplo
elocuente
lo
encontramos
en
Woody
Allen
y
en
cualquiera
de
sus
películas.
Como
Melinda
y
Melinda,
nombre
que
se
repite
en
el
título
quizá
para
subrayar
que
su
creador
también
se
repite
y
nos
cuenta
lo
mismo
en
todos
sus
guiones:
una
inteligente
y
risueña
justificación
del
sinsentido
existencial
y
la
infidelidad
conyugal.
Porque
los
personajes
de
casi
todas
sus
películas
se
casan,
se
lían,
se
divorcian,
se
deprimen...,
se
casan
de
nuevo,
se
lían
de
nuevo,
se
divorcian
de
nuevo,
se
deprimen
de
nuevo...
Son
vidas
donde
cualquier
idea
sobre
el
deber
o
la
responsabilidad
es
sofocada
por
una
maleza
de
deseos
y
sentimientos
que
crecen
sin
control.
Hace
tiempo,
en
la
contraportada
del
guión
de
Hannah
y
sus
hermanas,
publicado
por
Tusquets,
encontré
la
expresión
exacta
de
esa
completa
amoralidad.
La
perla
decía:
"Nada
de
lo
que
aquí
hacen
o
dejan
de
hacer
los
personajes
está
bien
o
mal
hecho,
pues
todos
se
conducen
según
sus
propias
debilidades".
En
Melinda
y
Melinda,
ya
digo,
encontramos
más
de
lo
mismo.
Personajes
que
son
marionetas
de
sus
impulsos
y
podrían
decir,
como
el
Felipe
de
Mafalda:
"Hasta
mis
debilidades
son
más
fuertes
que
yo".
Hombres
y
mujeres
incapaces
de
llevar
las
riendas
de
sus
vidas,
abandonados
al
escapismo
inmaduro
del
carpe
diem.
El
amor
es
-para
su
creador-
una
quimera
imposible,
y
lo
sustituye
por
el
sexo
sin
compromiso
y
los
pequeños
caprichos
de
una
vida
burguesa.
En
Woody
Allen,
la
debilidad
humana
justifica
casi
todo
en
el
terreno
sexual,
y
eso
también
nos
recuerda
al
Nietzsche
que
escoge
al
dios
griego
Dionisos
como
exponente
máximo
de
un
modo
de
vida
que
desea
embriagarse
en
los
instintos
vitales.
Igual
que
Nietzsche,
Woody
Allen
tiene
alergia
al
deber
moral.
Una
aversión
que
le
incapacita
para
ese
compromiso
estable
que
llamamos
fidelidad.
Y
esa
incapacidad
pasa
una
enojosa
factura:
el
guionista
y
sus
personajes
suelen
acabar
en
el
sillón
del
psiquiatra,
mareados
por
los
vientos
cambiantes
de
sus
propios
caprichos.
Quieren
ser
felices
-como
todo
el
mundo-,
pero
lo
quieren
a
toda
costa
y
a
costa
de
los
demás,
que
van
a
ser
usados
y
manoseados
como
objetos
de
placer.
Woody
Allen
intuye
que
la
clave
de
la
felicidad
es
el
amor,
y
no
se
equivoca,
pero
su
cabeza
freudiana
entiende
por
amor
hacer
el
amor
y
poco
más.
Así
-de
forma
irrefutable
y
sin
pretenderlo-,
Woody
Allen
nos
demuestra
que
el
placer
es
solo
un
ingrediente
de
la
felicidad.
Un
ingrediente
que
ni
siquiera
es
necesario,
porque
cuando
pretendemos
alcanzar
la
plenitud
por
el
atajo
del
placer,
esa
plenitud
se
nos
escapa.
Woody
Allen
sabe
que
estamos
hechos
para
la
felicidad,
pero
parece
desconocer
que
esa
delicada
sustancia
se
amasa
con
amor
sacrificado
y
amistad
generosa,
con
servicio
a
los
demás
y
sentido
trascendente
de
la
vida.
A
pesar
de
todo,
ese
señor
que
dice
ser
lo
suficientemente
bajo
y
feo
como
para
triunfar
por
sí
mismo,
nos
desarma
a
menudo.
Sus
personajes,
empeñados
en
ser
personajillos
a
fuerza
de
cinismo,
nos
conmueven.
Porque
nosotros
somos
como
ellos.
O
podríamos
serlo.
Es
posible
que,
gracias
a
Brad
Pitt,
nuestros
bachilleres
ya
no
confundan
a
Homero
con
Homer,
el
de
los
Simpson.
Gracias
a
Pitt
sabrán
que
Homero
es
griego
y
escribió
la
Ilíada
y
la
Odisea.
Lo
que
no
se
imaginan,
porque
no
lo
van
a
ver
en
la
pantalla
ni
en
los
libros
de
texto,
es
que
sin
Homero
no
estaríamos
aquí:
ni
los
españoles,
ni
los
franceses,
ni
los
polacos,
ni
los
rusos,
ni
los
lectores
de
esta
columna,
ni
Brad
Pitt.
Por
su
crónica
de
la
guerra
de
Troya
-la
Ilíada-,
Homero
es
el
primer
periodista
del
mundo,
el
primer
cronista
de
guerra.
Pero
es
mucho
más
que
eso.
Por
una
de
las
consecuencias
de
esa
guerra
-el
accidentado
regreso
de
Ulises
contado
en
la
Odisea-
Europa
y
América
existen.
Ya
sé
que
es
una
afirmación
muy
contundente,
pero
puede
ser
argumentada.
Se
dice
que
la
diferencia
entre
el
tercer
mundo
y
el
primero
no
la
determinan
las
materias
primas.
Más
bien,
parece
una
diferencia
marcada
por
la
diversa
concepción
del
ser
humano.
En
concreto,
por
la
forma
de
entender
qué
tipo
de
conducta
es
capaz
de
construir
una
sociedad
donde
sean
posibles
la
justicia,
la
paz
y
el
progreso.
Si
no
se
da
con
esa
clave,
la
superlativa
complejidad
de
la
vida
social
no
logra
salir
del
caos,
de
la
ley
de
la
selva.
Homero
es
el
primero
en
entender
a
fondo
esa
complejidad
y
en
descubrir
las
líneas
maestras
que
debe
trazar
la
lógica
de
la
libertad
inteligente.
Su
gran
creación
se
llama
Ulises.
Mucho
más
que
Aquiles
o
Héctor,
Ulises
es
la
respuesta
de
Homero
a
la
más
urgente
de
las
preguntas:
qué
significa
ser
hombre.
Una
respuesta
articulada
sobre
cuatro
rasgos
fundamentales:
la
justicia,
la
prudencia,
la
templanza
y
la
fortaleza.
Justicia
porque
el
ser
humano
es
social
por
naturaleza,
y
la
conviviencia
necesita
el
respeto
a
unas
normas
de
circulación:
las
leyes.
Prudencia
porque
el
mejor
uso
de
la
razón
es
llevar
las
riendas
de
la
propia
conducta,
conducirse
y
acertar
en
cada
caso
concreto.
Templanza
porque
nuestra
animalidad
constitutiva
tiende
naturalmente
al
placer,
y
ese
resorte
debe
ser
siempre
moderado
por
la
razón,
como
explica
Platón
en
el
célebre
mito
del
carro
alado.
Las
tres
virtudes
mencionadas
no
se
ponen
en
práctica
de
forma
espontánea
y
fácil,
sino
que
necesitan
la
presencia
de
una
cuarta:
la
fortaleza,
que
consiste
en
aceptar
el
sacrificio
y
el
sufrimiento
por
conquistar
o
defender
lo
que
merece
la
pena.
Este
planteamiento,
que
discurre
por
Grecia
y
Roma
y
se
suma
al
modelo
cristiano,
es
la
triple
herencia
que
constituye
la
civilización
occidental.
El
tercer
mundo
es,
sobre
todo,
esa
triple
carencia.
Sospecho
que
si
Homero
hubiera
sido
director
de
cine,
no
hubiera
filmado
la
trepidante
y
anecdótica
guerra
de
Troya,
sino
el
periplo
humanísimo
e
inolvidable
del
rey
de
Ítaca.
Entre
el
Aquiles
de
la
Ilíada
y
el
Ulises
de
la
Odisea
hay
una
gran
diferencia.
El
héroe
de
los
pies
ligeros
es
también
el
guerrero
caprichoso
y
vengativo,
capaz
de
cualquier
desmesura
irresponsable.
Ulises,
en
cambio,
es
otra
cosa.
Tiene
la
fuerza
y
el
poder
de
Aquiles,
pero
ambos
resortes
están
ordenados
por
la
prudencia
y
un
sentido
irrenunciable
de
la
justicia.
De
paso,
Homero
lo
presenta
más
atractivo
que
Brad
Pitt
y
lo
maquilla
con
un
toque
de
sensibilidad
que
le
lleva
a
ponderar
su
islote
abrupto
y
pedregoso
-eso
es
Ítaca-
como
una
isla
"hermosa
al
atardecer".
La
magnífica
historia
con
la
que
Harper
Lee
gana
el
premio
Pulitzer
sirve
para
que
Gregory
Peck,
dando
vida
al
abogado
Átticus
Finch,
logre
el
Óscar
al
mejor
actor
y
nos
deje
una
película
antológica.
En
un
Estado
sureño
con
fuertes
prejuicios
racistas,
Átticus
acepta
la
defensa
de
un
muchacho
negro,
acusado
de
haber
violado
a
una
chica
blanca.
Nadie
había
llegado
tan
lejos,
y
él
lo
sabe.
También
sabe
que
se
juega
la
vida,
pero
se
emplea
a
fondo
y
solo
pierde
el
caso.
Gana,
en
cambio,
el
respeto
de
todo
el
mundo,
y
deja
a
sus
hijos
una
lección
inolvidable
de
integridad
y
valentía.
Átticus
es
joven
y
está
viudo.
Tiene
que
educar
en
solitario
a
Jem
y
Sccout,
un
juicioso
muchacho
de
12
años
y
una
despierta
chiquilla
de
6,
traviesa
como
un
diablillo.
Y
ahí,
aportando
cariño,
equilibrio
y
buen
sentido
a
un
hogar
donde
falta
la
madre,
conquista
al
espectador.
Y
también
al
periodista
que,
al
cubrir
la
noticia
de
la
muerte
del
actor,
escribe
lo
que
todos
pensábamos:
Átticus
es
el
padre
que
a
todos
nos
gustaría
haber
tenido
y,
más
aún,
el
padre
que
todos
querríamos
ser.
La
verdad
es
que,
para
desempeñar
su
papel
de
padre,
Átticus
tiene
a
su
favor
un
mundo
mucho
menos
revuelto
que
el
nuestro.
Si
alguien
lo
duda,
le
aconsejo
que
eche
un
vistazo
a
esa
rediografía
de
la
juventud
actual,
escrita
por
Carlos
Goñi
y
Pilar
Guembe,
que
lleva
por
título
"No
se
lo
digas
a
mis
padres".
Bastaría
con
leer
el
índice
para
comprobar
que
los
problemas
se
han
multiplicado
y
complicado
en
las
últimas
décadas.
Átticus
no
necesitó
estar
preparado
para
enfrentarse
a
patologías
y
desórdenes
que
en
su
época
afectaban
a
un
mínimo
porcentaje
de
jóvenes
o,
simplemente,
no
existían:
la
movida
del
fin
de
semana
y
las
drogas
de
diseño,
la
navegación
por
Internet,
la
anorexia,
la
fiebre
consumista,
la
cocaína
y
el
alcohol,
la
depresión,
la
elección
de
tendencia
sexual,
la
adicción
a
los
viedojuegos
y
a
los
teléfonos
móviles...
Décadas
después,
tampoco
los
padres
de
Guille
y
Mafalda
tuvieron
que
ser
expertos
en
educación
para
ejercer
su
tarea
con
solvencia.
Vivían
en
un
mundo
fácil
de
entender,
con
referencias
estables
y
comunes.
Hoy,
ese
mundo
ya
no
existe.
En
su
lugar,
lo
que
encontramos
es
complejidad
y
fragmentación.
El
subjetivismo
intelectual
y
el
relativismo
moral
disuelven
la
verdad,
y
sin
verdad
-lo
afirma
Savater-
es
imposible
educar.
Hoy,
los
padres
de
Mafalda
tendrían
que
leer
libros
de
psicología,
hacer
cursos
de
orientación
familiar
y
poner
en
práctica
el
consejo
de
San
Agustín:
"Haz
lo
que
puedas
y
pide
lo
que
no
puedas".
Porque
hoy,
Guille
y
Mafalda
serían
más
hijos
de
su
época
que
de
sus
padres.
En
cualquier
caso,
Harper
Lee
y
Gregory
Peck
no
han
podido
reflejar
mejor
lo
que
significa
educar
y
ser
padre:
esa
delicada
mezcla
de
autoridad
y
cariño,
de
exigencia
razonable
y
confianza,
de
respeto
a
la
libertad
y
apelación
a
la
responsabilidad,
de
disponibilidad
y
buen
humor.
Sospecho
que
Harper
Lee
pudo
inspirarse
en
la
personalidad
de
otro
padre
y
abogado
genial:
Tomás
Moro.
Antes
de
terminar
el
curso,
Javier
me
pidió
una
lista
de
libros
entretenidos
para
el
verano.
Es
una
petición
que
se
repite
todos
los
años
entre
mis
alumnos,
y
también
entre
colegas
y
amigos
a
la
caza
de
lecturas
apropiadas
para
sus
hijos.
Se
trata
de
ocupar
el
tiempo
libre
que
se
avecina,
de
conjurar
la
amenaza
de
aburrimiento
que
planea
sobre
las
largas
vacaciones
estivales.
Y
uno,
como
profesor
de
Literatura
y
profesional
del
tema,
no
tiene
más
remedio
que
atender
la
demanda
de
consejo.
Con
mucho
gusto
además.
Y
con
varias
listas
elaboradas
durante
años,
pensadas
para
edades
y
circunstancias
diferentes,
pues
no
gusta
lo
mismo
a
los
ocho
que
a
los
ochenta.
Javier
tiene
quince
años,
y
le
toca
la
lista
más
generosa:
cincuenta
títulos
fotocopiados
en
una
cara
de
folio.
Una
selección
de
veinticinco
autores
españoles
y
veinticinco
extranjeros.
De
Homero
a
Borges,
pasando
por
Cervantes
y
Shakespeare:
sencillamente,
los
mejores.
Y
de
todo
un
poco:
novela,
poesía,
teatro,
biografía
y
ensayo
suave.
Obras
comprensibles,
breves
la
mayoría,
y
muy
interesantes.
Antiguos
y
modernos,
lejanos
y
cercanos,
incluso
vecinos
como
Delibes
y
Miguel
Martín,
a
quienes
hemos
visto
casi
a
diario
durante
años.
Con
el
folio
en
la
mano,
Javier
quiere
saber
si
se
trata
de
libros
tan
interesantes
como
Harry
Potter,
y
pone
cara
de
incrédulo
cuando
le
aseguro
que
no,
que
en
mi
selección
sólo
aparecen
obras
mucho
más
interesantes
que
la
mencionada.
Luego
le
explico
que
la
historia
de
la
literatura
no
empieza
ni
termina
en
Rowling,
y
que
el
ranking
de
calidad
no
lo
marca
necesariamente
el
número
de
ejemplares
vendidos.
"O
sea,
que
el
libro
más
vendido
quizá
no
es
el
mejor...
¡Pero
es
el
que
más
gusta!",
argumenta
Javier.
En
eso
estamos
de
acuerdo,
aunque
debo
matizar
de
nuevo:
"Los
libros
de
Harry
Potter
son
los
que
más
te
gustan
porque
no
has
leído
otros
mejores...".
Javier,
que
es
un
tipo
práctico,
decide
pasar
de
las
palabras
a
los
hechos,
y
me
lanza
un
reto
contundente:
"¡A
que
no
me
dices
cinco
libros
que
me
gusten
más
de
Harry
Potter!".
La
verdad
es
que
Javier
me
pone
un
reto
fácil,
pues
su
interés
por
la
lectura
es
muy
reciente,
y
lo
que
desconoce
y
le
queda
por
leer
es
casi
todo.
Ha
leído
a
Tolkien,
a
Michel
Ende
y
a
Jack
London,
pero
no
ha
tenido
aún
la
inmensa
suerte
de
entrar
en
la
Odisea
(Homero),
en
Las
ratas
(Delibes),
en
Peñagrande
(Miguel
Martín),
en
El
viento
en
los
sauces
(Kenneth
Graham),
ni
en
Marcelino,
pan
y
vino
(Sánchez
Silva).
Javier
agradece
mis
cincuenta
tentaciones
en
forma
de
libro
y
subraya
los
cinco
seleccionados.
Hoy,
después
de
un
mes
de
calores
y
vacaciones,
me
encuentro
con
él
y
le
pregunto
por
el
reto.
Se
encoge
de
hombros,
abre
los
brazos,
pone
sonrisa
de
disculpa
y
me
responde
que
está
leyendo
El
Quijote.
"¡¿Cómo
dices?!".
No
me
lo
puedo
creer.
Ni
siquiera
los
alumnos
más
lectores
te
dan
esas
sorpresas
en
estos
tiempos.
Pero
Javier
me
explica
que
se
lee
un
capítulo
cada
noche,
ya
en
la
cama,
y
que
se
ríe
un
monton
con
las
aventuras
de
la
pareja
cervantina.
Así
que,
de
momento,
el
reto
puede
esperar.
Si
alguien
me
pregunta
cómo
he
conseguido
que
una
criatura
de
quince
años
disfrute
con
la
mejor
novela
del
mundo,
debo
confesar
mi
inociencia:
"No
empieces
por
El
Quijote",
fue
todo
lo
que
dije
al
entregarle
la
lista.
El
resto,
sin
duda,
lo
hizo
su
adolescencia.
Hay
lectores
que
no
perdonan
al
novelista
la
muerte
del
personaje
que
les
ha
conquistado.
Pero
el
escritor
suele
ser
inocente,
porque
su
obligación
es
reflejar
la
vida,
y
en
la
vida
sólo
hay
dos
certezas:
que
tú
y
yo
estamos
aquí
y
que
vamos
a
morir.
Todo
lo
demás
es
más
o
menos
probable
e
incierto:
no
sabemos
con
seguridad
qué
va
a
ser
de
nosotros
dentro
de
cinco,
diez,
veinte
años...
Por
eso,
un
relato
literario
donde
no
muere
nadie
es
parcial,
incompleto.
Por
eso,
en
muchas
obras
maestras
mueren
los
protagonistas,
y
las
grandes
historias
de
amor
no
son
una
excepción:
mueren
Romeo
y
Julieta,
Calixto
y
Melibea,
Cyrano,
Hamlet
y
Ofelia,
Héctor,
Desdémona,
Antígona...
Platón
afirmaba
que
la
filosofía
es,
en
el
fondo,
una
meditación
sobre
la
muerte.
Quería
decir,
con
esa
contundencia,
que
quien
pasa
por
la
vida
sin
pensar
en
la
muerte
vive
como
un
sonámbulo.
Así
piensan
también
los
clásicos
de
la
literatura,
que
lo
son
por
haber
puesto
la
brillantez
de
su
estilo
al
servicio
del
misterio
de
la
condición
humana.
Además,
los
griegos
nos
han
enseñado
que
las
mejores
historias
son
las
que
ponen
a
los
protagonistas
en
situaciones
límite.
No
admiramos
a
un
señor
por
el
mero
hecho
de
verle
caminar
por
la
calle,
pero
nos
maravilla
cuando
camina
sobre
un
cable
de
acero
a
gran
altura,
en
el
circo,
o
cuando
sube
al
escenario
y
se
convierte
en
Alejandro
Sanz.
De
la
misma
manera,
en
literatura
no
admiramos
la
historia
de
lo
que
puede
hacer
cualquiera
de
nosotros
cualquier
día.
En
cambio,
nos
interesa
la
resolución
de
situaciones
difíciles
(desde
Ulises
a
Harry
Potter),
nos
conmueven
las
grandes
pasiones
(desde
Aquiles
a
Ana
Karenina),
y
nos
sacude
violentamente
la
muerte
de
alguien
a
quien
queremos
(desde
Patroclo
a
la
madre
de
Bamby).
La
tragedia
griega
-origen
de
la
novela
y
del
cine-
no
representaba
culebrones
para
pasar
el
rato,
sino
acciones
de
gran
calado,
escogidas
para
conmover
al
espectador,
configurar
su
corazón
y
hacer
de
él
un
ciudadano
a
la
medida
de
la
polis.
Mediante
el
temor
y
la
compasión
que
provoca
en
el
espectador,
la
tragedia
lleva
a
cabo
la
purgación
de
tales
sentimientos:
una
descarga
de
tensión
interior
(catarsis),
semejante
a
la
que
muchos
consiguen
haciendo
deporte
o
animando
a
su
equipo
en
un
estadio,
y
también
riendo
o
llorando
ante
la
gran
pantalla.
Pero
hay
otro
sentido
de
la
catarsis
mucho
más
importante:
consiste
en
poner
en
su
sitio
los
sentimientos
fundamentales,
pues
las
emociones
y
las
pasiones
están
con
frecuencia
"revueltas",
de
forma
que
lo
bueno
nos
puede
parecer
malo,
y
lo
malo
bueno.
La
telebasura,
sin
ir
más
lejos,
lleva
muchos
años
practicando
a
la
perfección
esta
perversión
de
los
sentimientos.
Los
griegos
sabían
que
la
educación,
además
de
amueblar
la
cabeza
con
conceptos
y
fortalecer
la
voluntad
con
virtudes,
ha
de
llegar
hasta
los
sentimientos
para
configurarlos
correctamente.
Si
el
conocimiento
requiere
lecciones
y
discursos,
la
sensibilidad
necesita
una
historia
capaz
de
inducir
emociones
profundas.
Eso
logra
la
tragedia
-y
en
su
estela
la
novela
y
el
cine-
cuando
presenta
lo
vil
y
lo
heroico
como
vil
y
como
heroico,
y
cuando
provoca
las
reacciones
emotivas
correspondientes,
de
forma
que
el
mal
resulta
despreciable
y
el
bien
nos
atrae,
sin
ambigüedad
ni
confusión.
Por
ese
precio
muere
Ofelia.
Toda
la
vasta
historia
de
la
humanidad
está
tejida
por
pequeñas
historias
innumerables,
que
se
parecen
entre
sí
como
si
fueran
clónicas:
un
hombre
se
enamora
de
una
mujer
y,
con
la
magia
de
su
amor,
ambos
transmiten
el
misterio
de
la
vida.
La
literatura,
espejo
siempre
del
vivir,
es
también
la
repetición
incesante
de
ese
mismo
argumento,
con
un
ingrediente
dramático
que
lo
hace
más
real
y
atractivo:
un
hombre,
una
mujer
y
un
pero.
En
la
primera
literatura
occidental,
Ulises
se
enamora
de
Penélope,
pero
estalla
la
guerra
de
Troya,
y
su
estrenado
matrimonio
tiene
que
sobrevivir
veinte
años
al
borde
del
naufragio.
En
la
primera
literatura
española,
Rodrigo
Díaz
de
Vivar
está
profundamente
enamorado
de
doña
Jimena,
pero
es
desterrado
por
el
rey.
Después
se
enamoran
Calisto
y
Melibea,
pero
las
formas
de
su
amor
no
son
las
formas
de
su
época.
También
Hamlet
se
enamora
de
Ofelia,
pero
por
medio
hay
un
río
y
una
rama
que
se
parte
al
cruzarlo.
Don
Quijote
suspira
por
Dulcinea,
pero
es
un
loco
que
persigue
un
sueño.
Romeo
y
Julieta
se
juran
amor
eterno,
pero
sus
familias
se
odian.
Sonia
se
enamora
de
Rodian
Ralkolnikov,
pero
su
novio
es
un
asesino
que
ha
de
cumplir
condena
en
Siberia...
Mucho
después
nace
el
cine,
y
sus
historias
repiten
los
mismos
argumentos
de
la
literatura:
desde
Charlot
y
la
florista
ciega
de
Luces
en
la
ciudad,
hasta
el
amor
en
Cyrano,
Titanic,
Tierras
de
penumbra,
Deliciosa
Martha
o
Doctor
Zivago.
Siempre
un
hombre,
una
mujer
y
un
pero.
La
representación
literaria
o
visual
de
un
amor
homosexual
hubiera
sido
técnicamente
posible,
pero
nos
hubiera
dejado
sin
arte,
nos
hubiera
privado
de
la
gran
literatura
o
del
gran
cine.
Un
amor
homosexual
hubiera
dado
una
literatura
enrarecida,
muy
por
debajo
de
las
cimas
de
nuestros
clásicos,
de
esos
cuatro
versos
-por
ejemplo-
de
Miguel
Hernández:
Una
querencia
tengo
por
tu
acento,
Una
apetencia
por
tu
compañía,
Y
una
dolencia
de
melancolía
Por
la
ausencia
del
aire
de
tu
viento.
No
es
necesario
aclarar
que
estas
afirmaciones
son
lo
contrario
a
un
prejuicio,
pues
se
limitan
a
presentar
a
posteriori
la
evidencia
de
una
constatación.
A
pesar
de
lo
dicho,
ciertos
políticos
quieren
dar
carta
de
normalidad
legal
a
su
obsesión
homosexual,
olvidando
la
mencionada
evidencia:
que
la
homosexualidad
ha
sido
siempre
una
rareza.
Por
eso,
tales
legisladores
chocan
de
frente
contra
la
misma
realidad,
que
sigue
siendo
lo
que
es
aunque
se
piense
al
revés,
como
advirtió
Antonio
Machado.
Quizá
sean
gobernantes
políticamente
correctos,
pero
me
temo
que
su
corrección,
si
logra
pasar
a
la
historia,
lo
hará
como
una
anécdota
estúpida.
Confieso
que
la
matraca
del
matrimonio
gay
me
produce
tanto
respeto
como
el
círculo
triangular
o
el
triángulo
cuadrado:
absurdos
que,
en
todo
caso,
tendrán
que
demostrar
sus
defensores.
Mientras
tanto,
prefiero
seguir
llamando
al
pan,
pan
y
al
vino,
vino.
Y
seguir
regalando,
por
Reyes,
novelas
que
reflejen
lo
que
todos
sabemos
y
algunos
despistados
niegan:
que
un
hombre,
una
mujer
y
unos
hijos
forman
la
más
amable
y
necesaria
de
las
creaciones
humanas.
Estos
días
he
releído
y
regalado
Señora
de
rojo
sobre
fondo
gris,
ese
hermoso
retrato
que
pinta
Delibes
de
la
vida
y
la
muerte
prematura
de
su
mujer.
¿Cómo
era
Ana?
Era
menuda
y
morena,
muy
bien
proporcionada.
"Así
cumplió
48
años,
tan
grácil
y
atractiva
como
cuando
la
conocí
en
el
parque,
a
los
dieciséis".
Tenía
un
gusto
artístico
notable
y
una
gran
afición
a
la
lectura.
Era
equilibrada
y
perspicaz,
imaginativa
y
sensible.
"La
zafiedad
la
humillaba
hasta
extremos
indecibles".
Ana
contagiaba
alegría
y
"era
imposible
sustraerse
a
su
hechizo".
Por
eso,
"cuando
ella
se
apagaba,
todo
languidecía
en
torno".
Al
inicio
de
la
novela
encontramos
una
semblanza
tan
breve
como
elocuente:
"Una
mujer
que
con
su
sola
presencia
aligeraba
la
pesadumbre
de
vivir".
Después
nos
enteramos
de
otro
rasgo
atractivo
de
su
personalidad:
donde
Ana
estaba,
era
el
centro,
y
no
por
afán
de
protagonismo
o
reconocimiento,
sino
por
voluntad
de
hacer
agradable
la
vida
a
los
demás.
Dedicaba
tiempo
y
el
afecto
a
los
más
necesitados.
Delibes
dice
que
nunca
faltaron
en
su
vida
viejos
solitarios
y
un
poco
locos,
"ancianos
irreparables,
a
quienes
la
insolidaridad
de
la
vida
moderna
había
cogido
desprevenidos.
Se
sentían
perdidos
en
la
vorágine
de
luces
y
ruidos,
y
daba
la
impresión
de
que
ella,
como
un
hada
buena,
iba
tomándolos
de
la
mano,
uno
a
uno,
para
trasladarlos
a
la
otra
orilla".
Esa
misma
generosidad
le
llevaba
a
la
benevolencia
con
todos,
a
no
molestarse
por
pequeños
o
grandes
agravios.
"Era
incapaz
de
rencores;
menos
aún
de
rencores
vitalicios.
La
aburrían.
Durante
los
primeros
meses
de
matrimonio,
cada
vez
que
discutíamos,
se
ataba
un
hilo
al
dedo
meñique
para
recordar
que
estábamos
enfadados".
Ana
se
casó
muy
joven
y
disfrutó
de
sus
hijos.
"Mientras
erais
bebés
pasaba
las
horas
muertas
con
vosotros
en
brazos,
dibujaba
con
un
dedo
vuestros
bostezos,
las
húmedas
boquitas,
y
os
estrechaba
contra
su
regazo
como
si
pretendiese
meteros
dentro
de
su
cuerpo
otra
vez".
Tuvo
un
tacto
especial
con
sus
hijos
adolescentes
y
disfrutó,
"como
si
preparase
su
propia
boda",
con
los
preparativos
de
las
bodas
de
dos
de
sus
hijas.
Cuando
nació
su
primera
nieta,
"cualquier
motivo
era
bueno
para
desplazarse
a
Madrid.
Su
debilidad
por
los
bebés
aumentaba
con
la
edad:
Compréndeme,
decía,
diez
años
sin
tener
en
brazos
un
bebé".
Y
así,
"cada
mañana,
al
abrir
los
ojos,
se
preguntaba:
¿Por
qué
estoy
contenta?
E
inmediatamente,
se
sonreía
a
sí
misma
y
se
decía:
Tengo
una
nieta".
Por
uno
de
esos
avatares
de
la
vida,
con
la
nieta
vinieron
también
también
la
enfermedad,
los
hospitales,
la
zozobra:
un
fondo
frío
y
gris
sobre
el
que
destaca
la
calidad
de
una
mujer
cristiana
que
"disponía
de
unas
llaves
muy
precisas
para
controlar
el
pasado
y
el
futuro",
y
que
"sabía
disfrutar
del
presente
en
toda
su
intensidad".
Así
era
Ángeles
Castro,
Ana
en
la
novela
y
en
el
recuerdo
agradecido
de
sus
lectores.
Una
vieja
dama
regresa
un
día
al
pueblo
del
que
se
vio
obligada
a
marchar
hace
más
de
cuarenta
años.
En
esas
cuatro
décadas,
todo
ha
cambiado
mucho:
mientras
el
pueblo
está
hundido
económicamente,
con
toda
su
población
empobrecida
y
un
aspecto
ruinoso,
la
vieja
dama,
viuda
de
un
magnate
del
petróleo,
ha
heredado
una
de
las
fortunas
más
grandes
del
mundo.
Las
lógicas
esperanzas
del
pueblo
se
ven
correspondidas
por
su
ilustre
hija,
que
promete
un
desorbitante
regalo
de
mil
millones
de
dólares:
quinientos
para
el
municipio
y
quinientos
a
repartir
entre
todas
las
familias.
Pero
la
vieja
dama
se
había
ido
del
pueblo
con
su
embarazo
juvenil
y
su
deshonra,
abandonada
por
el
hombre
que
amó.
Y
ahora
supedita
su
magnanimidad
a
una
inesperada
condición:
los
mil
millones
serán
para
el
pueblo
y
sus
familias
si
alguien
mata
a
ese
hombre.
El
alcalde,
indignado,
recuerda
a
la
dama
que
"estamos
en
Europa",
no
en
la
selva,
y
en
nombre
del
pueblo
rechaza
la
oferta:
"preferimos
seguir
siendo
pobres
a
mancharnos
de
sangre".
Alfred,
el
hombre
que
abandonó
a
la
vieja
dama
cuando
ambos
tenían
menos
de
veinte
años,
tiene
una
tienda
de
ultramarinos
y
es
un
vecino
muy
popular.
Por
su
tienda
pasan
ahora
sus
clientes
para
manifestarle
que
están
con
él
incondicionalmente.
Al
mismo
tiempo,
todos
empiezan
a
comprar
por
encima
de
sus
posibilidades,
sin
pagar
al
contado:
"apúntelo
a
la
cuenta",
dicen.
Todos
piden
la
mejor
carne,
el
tabaco
más
caro,
un
whisky
prohibitivo...
También
empiezan
a
comprar
electrodomésticos
y
automóviles
a
crédito,
a
vestir
ropa
nueva...
El
pueblo
está
contento,
desconocido,
y
Alfred
empieza
a
tener
claro
que
la
gente
"se
prepara
a
celebrar
la
fiesta
de
mi
asesinato".
No
se
equivoca.
El
alcalde
le
visita
una
noche
para
entregarle
un
fusil
cargado,
con
estas
razones:
"Sería
deber
suyo
poner
fin
a
su
vida
ahora,
asumiendo
las
consecuencias
como
un
hombre
de
honor,
¿no
le
parece?
Aunque
solo
fuera
por
espíritu
de
solidaridad,
por
amor
a
su
pueblo
natal.
Usted
ya
conoce
nuestra
amarga
penuria,
la
miseria,
los
niños
hambrientos...".
No
voy
a
contar
cómo
termina
esta
historia,
porque
en
realidad
todo
termina
cuando
el
pueblo
cede
a
la
tentación
de
la
riqueza
y
prepara
el
asesinato
de
Alfred.
Dejarle
con
vida
no
cambiaría
las
cosas,
pero
matarle
sería
un
excelente
negocio.
Don
Dinero
siempre
fue
poderoso
caballero,
y
para
justificar
lo
injustificable
nunca
faltan
razones.
La
visita
de
la
vieja
dama,
la
más
célebre
de
las
obras
teatrales
de
Dürrenmatt,
es
una
buena
parábola
del
insistente
olor
a
podrido
que
percibimos
en
la
moderna
biomedicina.
Nadie
niega
que
el
aborto
y
los
diversos
medios
de
contracepción
producen
beneficios
astronómicos
a
las
clínicas
abortistas
y
a
ciertas
multinacionales
famacéuticas.
También
sabemos
que
la
investigación
biomédica
se
ha
disparado
por
los
enormes
intereses
económicos
que
pone
en
juego.
Por
eso,
el
político
que
acusaba
al
partido
opositor
de
oponerse
a
la
investigación
con
células
madre
embionarias
por
prejuicios
religiosos,
en
realidad
estaba
lanzando
una
sospechosa
cortina
de
humo.
En
estos
asuntos,
detrás
de
decisiones
políticas
alegremente
permisivas
suele
haber
mucho
dinero
y
muchos
votos.
La
vieja
dama
no
lo
pudo
expresar
mejor,
hace
ya
medio
siglo:
"Quiero
comprar
la
justicia,
justicia
por
mil
millones".
Lo
mejor
que
tienen
los
centenarios
es
que
nos
invitan
a
releer
lo
mejor.
En
mi
caso,
el
centenario
cervantino
está
provocando
un
sabroso
picoteo
en
El
Quijote
y
sus
alrededores:
Francisco
Rico,
Martín
de
Riquer,
Madariaga,
Manel
Mora...
A
todos
ellos
les
parece
que
las
largas
y
serenas
cabaldadas
del
caballero
y
el
escudero
constituyen
una
excelente
puesta
en
escena.
A
mí
también.
Son,
además,
un
pretexto
perfecto
para
el
diálogo,
el
más
humilde
y
humano
de
los
puentes
que
atravesamos
las
personas.
Hoy,
atacados
por
variadas
formas
de
incomunicación,
quizá
necesitamos
más
que
nunca
recuperar
el
arte
de
la
conversación,
que
lleva
consigo
la
predisposición
a
comprender
y
estimar,
a
responder
y
aconsejar,
a
compartir
y
ayudar.
Con
frecuencia
comprobamos
que
escuchar
y
ser
escuchado
sienta
muy
bien,
y
eso
es
lo
que
nos
enseña
la
mejor
novela
del
mundo
a
través
del
más
largo
y
sabroso
diálogo
que
conocemos.
Sin
Sancho
Panza,
don
Quijote
sería
un
puro
hazmerreír,
un
pobre
loco
a
quien
se
engaña
y
apedrea.
Gracias
a
su
escudero,
el
caballero
se
sabe
escuchado
y
estimado,
y
en
ese
clima
amable
nos
muestra
la
riqueza
insospechada
de
su
alma
y
alcanza
a
nuestros
ojos
una
notable
estatura
humana.
No
hay
yo
sin
tú.
No
hay
persona
sin
diálogo.
No
hay
don
Quijote
sin
Sancho.
Al
famoso
caballero
le
hubiera
resultado
insoportable
vagar
en
solitario
por
los
caminos
de
España,
y
a
los
lectores
su
soledad
nos
habría
aburrido
sin
remedio.
Por
el
diálogo
surge
ese
profundo
afecto
entre
dos
personas
tan
dispares.
Sancho
Panza
tendrá
sobrados
motivos
para
abandonar
a
su
trastornado
amo,
pero
el
afecto
que
ha
fraguado
entre
los
dos
se
lo
impide
y
le
hace
decir
que
su
señor
"no
tiene
nada
de
bellaco;
antes
tiene
un
alma
como
un
cántaro:
no
sabe
hacer
mal
a
nadie,
sino
bien
a
todos,
ni
tiene
malicia
alguna;
un
niño
le
hará
entender
que
es
de
noche
en
la
mitad
del
día,
y
por
esta
sencillez
le
quiero
como
a
las
telas
de
mi
corazón,
y
no
me
amaño
a
dejarle,
por
más
disparates
que
haga".
En
nuestros
crispados
días,
la
invocación
al
respeto
multicultural
es
a
menudo
una
coartada
para
desentendernos
del
otro,
para
que
cada
uno
pueda
seguir
a
su
bola
en
su
mundo
confortable.
Hoy,
un
Cervantes
tocado
por
nuestro
cinismo
existencial
bien
podría
escribir,
con
sus
dos
personajes
más
famosos,
la
gran
comedia
del
desencuentro.
Sin
embargo,
el
idealismo
más
descabellado
y
el
pragmatismo
más
ramplón
se
corrigen
y
compenetran
de
forma
maravillosa
por
obra
y
gracia
de
dos
charlatanes
repletos
de
humanidad.
Es
verdad
que
hablando
se
entiende
la
gente,
pero
en
las
páginas
de
nuestra
novela
encontramos
mucho
más:
ese
diálogo
constante
da
lugar
a
lo
que
Salvador
de
Madariaga
ha
llamado
quijotización
de
Sancho
y
sanchificación
de
don
Quijote,
"una
interinfluencia
lenta
y
segura
que
es,
en
su
inspiración
como
en
su
desarrollo,
el
mayor
encanto
y
el
más
hondo
acierto
del
libro".
Sabemos
que
la
palabra,
por
estar
cargada
de
significado,
es
capaz
de
conmover
a
fondo
a
quien
la
escucha.
Woody
Allen
dice
que
las
dos
palabras
más
impactantes
de
un
idioma
son
"cáncer"
y
"benigno",
siempre
que
se
pronuncien
juntas.
Esta
capacidad
del
lenguaje
puede
ser
tan
cordial
que
llega
a
ser
terapéutica.
Así
es
la
verborrea
de
Sancho
Panza,
psicólogo
analfabeto
y
por
accidente
que
logra
la
curación
de
su
señor.
Hace
tiempo
escribí
dos
novelas
sobre
un
chico
de
Vigo
y
una
chica
de
Barcelona
que
cambiaba
de
ciudad
y
se
matriculaba
en
el
instituto
del
muchacho.
Intenté
pintar
el
paisaje
y
la
vida
de
un
grupo
de
amigos
jóvenes,
con
sus
típicas
relaciones.
Reconozco
que
escribí
con
esmero,
pues
pretendía
un
canto
a
la
amistad
y
una
historia
de
amor.
Después
llegaron
las
cartas
y
correos
de
los
lectores,
sobre
todo
adolescentes
que
se
veían
reflejados
en
esas
páginas.
En
algunos
casos,
tan
reflejados
como
en
un
espejo.
Marta,
por
ejemplo,
que
también
era
nueva
en
un
instituto,
escribía:
"Supongo
que
no
me
va
a
creer
si
le
digo
que
me
ha
pasado
lo
mismo
que
a
Paula
en
su
novela:
hay
un
chico
muy
especial
que
me
llena
con
las
miradas
furtivas
que
me
lanza
en
clase".
Marta
resumía
toda
la
intensidad
de
su
sentimiento
con
una
frase
mínima
y
magnífica:
"Dios
mío,
nunca
pensé
que
fuera
a
sentir
tanto
con
tan
poco".
El
sello
del
Artista
A
mí,
que
siempre
me
han
gustado
los
matices,
me
gustó
especialmente
ese
"Dios
mío".
Quizá
de
forma
inconsciente,
esa
espontánea
invocación
daba
la
clave
de
todo
lo
que
el
amor
tiene
de
complejo
y
misterioso.
Si
por
sus
obras
consideramos
geniales
a
Mozart
y
a
Leonardo,
a
Vivaldi
y
a
Goya,
la
persona
que
amamos,
tierna
o
apasionadamente,
se
nos
presenta
como
una
obra
maestra
del
mismísimo
Creador
del
mundo.
Ante
nuestros
ojos
deslumbrados,
ese
primer
amor,
ese
hijo,
esa
esposa,
llevan
impreso
el
sello
del
Artista
con
mayúscula,
y
verlos
de
otra
manera
nos
parecería
rebajarlos
de
forma
inaceptable.
Los
ejemplos
que
se
podrían
aportar
son
innumerables.
Un
día
de
otoño
de
1896,
Chesterton
conoció
a
Frances
Blogg
y
se
enamoró
de
ella.
Aquella
noche
escribió,
en
la
soledad
de
su
habitación,
que
Frances
sería
la
delicia
de
un
príncipe,
y
que
Dios
creó
el
mundo
y
puso
en
él
reyes,
pueblos
y
naciones
sólo
para
que
así
se
lo
encontrara
Frances.
Después
escribió
a
la
muchacha
para
decirle
que
"cualquier
actriz
conseguiría
parecerse
a
Helena
de
Troya
con
una
barra
de
labios
y
un
poco
de
maquillaje,
pero
ninguna
podría
parecerse
a
ti
sin
ser
una
bendición
de
Dios".
Lo
curioso
es
que
Chesterton,
en
aquellos
años,
se
declaraba
agnóstico.
Un
regalo
inmerecido Aunque
la
expresión
de
Chesterton
sea
muy
propia,
su
sentimiento
es
universal.
Lo
que
escribe
nos
sugiere,
además,
una
segunda
razón
para
entender
el
amor
en
clave
divina.
Experimentamos
la
amistad
íntima
y
el
amor
profundo
como
regalos
inmerecidos
-¿por
qué
a
mí?-,
que
proceden
de
una
generosidad
imposible
entre
los
hombres.
Ana
Frank
se
enamoró
de
Peter
Van
Daan
en
su
escondrijo.
Ella
tenía
catorce
años,
tres
menos
que
él,
pero
la
vivacidad
de
la
chiquilla
y
la
timidez
del
muchacho
compensaban
la
diferencia
de
edad.
En
páginas
encantadoras
de
su
Diario,
Ana
interpreta
esa
amistad
y
ese
amor
como
un
regalo
divino.
El
7
de
marzo
de
1944
escribe
que
"por
las
noches,
cuando
termino
mis
oraciones
dando
gracias
por
todas
las
cosas
buenas,
queridas
y
hermosas,
oigo
gritos
de
júbilo
dentro
de
mí,
porque
pienso
en
esas
cosas
buenas
como
nuestro
refugio,
mi
buena
salud
o
mi
propio
ser,
y
en
las
cosas
queridas
como
Peter".
Podríamos
demostrar
esa
generosidad
divina,
de
forma
indirecta,
al
constatar
que
en
el
nacimiento
de
una
amistad
profunda
o
de
un
amor
intenso
hubo
siempre
un
encuentro
que
bien
podría
no
haberse
producido.
Bastaría
con
haber
nacido
en
otra
calle
y
haber
estudiado
en
otro
colegio,
en
otra
universidad,
para
que
no
hubiéramos
conocido
a
nuestros
mejores
amigos,
para
que
no
concurrieran
las
casualidades
que
nos
han
unido.
Aunque
es
muy
posible
que
las
casualidades
no
existan.
Chesterton,
Marta
y
Ana
Frank
vienen
a
decirnos
que
casualidad
es
el
nombre
que
damos
a
la
Providencia
cuando
no
hablamos
con
propiedad.
En
su
célebre
ensayo
sobre
la
amistad,
C.
S.
Lewis
sospecha
que
un
invisible
Maestro
de
Ceremonias
es
quien
nos
ha
presentado
a
nuestros
mejores
amigos,
y
de
ellos
quiere
valerse
para
revelarnos
la
belleza
de
las
personas:
una
belleza
que
procede
de
Él
y
a
Él
debe
llevarnos.
La
promesa
incumplida Sentimos
que
el
amor
despierta
en
nosotros
una
sed
de
felicidad
que
no
puede
aplacarse.
De
hecho,
la
inflamación
amorosa
provocada
por
la
belleza
corporal
deja
siempre
el
sabor
agridulce
de
una
promesa
incumplida.
Por
eso,
los
griegos
nos
dicen
que
el
amor
es
hijo
de
la
riqueza
y
la
pobreza,
con
esa
doble
herencia:
rico
en
deseos
y
pobre
en
resultados.
Es
también
un
griego
quien
interpreta
esa
contradictoria
naturaleza
en
clave
divina.
Platón
afirma
que
el
Ser
Sagrado
tiembla
en
el
ser
querido.
Por
eso
estaba
convencido
de
que
el
amor
es,
en
el
fondo,
una
llamada
de
los
dioses,
una
forma
sutil
de
hacernos
entender
que,
después
de
la
muerte,
nos
espera
otro
mundo
donde
se
colmará
nuestra
sed
de
plenitud.
Concluyo
con
unos
versos
que
resumen
lo
que
he
intentado
explicar:
las
tres
razones
que
nos
llevan
a
interpretar
el
amor
en
clave
divina.
Pertenecen
al
poema
Esposa,
de
Miguel
d'Ors:
Con
tu
mirada
tibia
alguien
que
no
eres
tú
me
está
mirando:
siento
confundido
en
el
tuyo
otro
amor
indecible.
Alguien
me
quiere
en
tus
te
quiero,
alguien
acaricia
mi
vida
con
tus
manos
y
pone
en
cada
beso
tuyo
su
latido.
Alguien
que
está
fuera
del
tiempo,
siempre
detrás
del
invisible
umbral
del
aire.
Una
batalla
perdida Nietzsche
se
pasó
media
vida
predicando
la
muerte
de
Dios,
hasta
que
se
volvió
loco.
Comte
soñó
con
predicar
el
positivismo
ateo
en
Notre
Dame,
y
profetizó
que
la
estatua
de
la
Humanidad
tendría
un
día
por
pedestal
el
altar
de
Dios.
También
murió
sin
ver
su
sueño
cumplido.
Voltaire
estaba
convencido
de
que
podría
acabar
con
la
Iglesia
Católica:
si
doce
hombres
hicieron
falta
para
extenderla
por
el
mundo,
uno
solo
bastaría
para
echarla
abajo.
Desde
Nerón,
la
lista
de
adversarios
mortales
del
Dios
cristiano
es
larga,
y
el
fin
de
todos
ellos
es
común:
el
cementerio.
Mientras
tanto,
la
Iglesia
acumula
veinte
siglos
de
vida,
y
desafía
todas
las
leyes
que
rigen
la
supervivencia
histórica
de
las
instituciones.
Este
sencillo
y
asombroso
dato
sería
una
buena
lección
para
ciertos
gobernantes
atacados
por
cierta
furia
iconoclasta.
Una
buena
lección
si
fueran
capaces
de
superar
sus
obsesiones
ideológicas
con
una
actitud
respetuosa
hacia
la
gente
que
no
piensa
como
ellos.
Si
pudieran
entender
que
los
demás
también
tienen
derecho
a
pensar
lo
que
quieran.
Si
leyeran
Rebelión
en
la
granja
y
se
aplicaran
el
cuento,
para
no
repetir
la
estupidez
de
los
cerdos
de
Orwell.
Un
Dios
inevitalbe Esos
políticos
no
serían
agresivos
si
estuvieran
seguros
de
su
ateísmo.
Pero
su
lucha
crispada
contra
la
religión
deriva
precisamente
de
su
falta
de
seguridad,
y
de
que
quieren
adquirirla
por
la
fuerza
del
número,
por
la
sugestión
de
la
unanimidad
mental.
Sin
embargo,
hagan
lo
que
hagan,
me
temo
que
tienen
perdida
la
batalla
de
antemano,
pues
el
hombre
es
un
ser
esencialmente
religioso,
como
pone
de
manifiesto
un
conocimiento
mínimo
de
la
historia
universal.
Kant
decía
que
Dios
es
el
ser
más
difícil
de
conocer,
pero
también
el
más
inevitable.
A
poco
que
pensemos,
nos
resulta
inevitable
por
varias
razones.
De
entrada,
porque
nos
gustaría
saber
quiénes
somos,
descifrar
el
misterio
de
nuestro
origen.
Escribe
Borges,
en
tres
versos
magníficos:
Para
mí
soy
un
ansia
y
un
arcano,
/
Una
isla
de
magia
y
de
temores,
/
Como
lo
son,
tal
vez,
todos
los
hombres.
En
segundo
lugar,
nos
preguntamos
sobre
Dios
porque
desconocemos
el
origen
de
un
universo
cuya
existencia
escapa
a
cualquier
explicación
científica.
Dice
Stephen
Hawking
que
la
ciencia,
aunque
algún
día
logre
contestar
todas
nuestras
preguntas,
jamás
podrá
responder
a
la
más
importante:
Por
qué
el
universo
se
ha
tomado
la
molestia
de
existir.
Un
universo
que
se
nos
presenta
como
una
gigantesca
huella
de
su
Autor.
De
hecho,
aunque
Dios
no
entra
por
los
ojos,
tenemos
de
él
la
misma
evidencia
racional
que
nos
permite
ver
detrás
de
una
vasija
al
alfarero,
detrás
de
un
edificio
al
constructor,
detrás
de
un
cuadro
al
pintor,
detrás
de
una
novela
al
escritor.
Está
claro
que
el
mundo
-con
sus
luces,
colores
y
volúmenes-,
no
es
problemático
porque
haya
ciegos
que
no
pueden
verlo.
El
problema
no
es
el
mundo,
sino
la
ceguera.
Con
Dios
sucede
algo
parecido,
y
no
es
lógico
dudar
de
su
existencia
porque
algunos
no
le
vean.
Nos
preguntamos
sobre
Dios
porque
estamos
hechos
para
el
bien,
como
atestigua
constantemente
nuestra
conciencia.
En
la
tumba
de
Kant
están
escritas
estas
palabras
suyas:
"Dos
cosas
hay
en
el
mundo
que
me
llenan
de
admiración:
el
cielo
estrellado
fuera
de
mí,
y
el
orden
moral
dentro
de
mí".
Estamos
hechos
para
el
bien
y
para
la
justicia.
El
absurdo
que
supone,
tantas
veces,
el
triunfo
insoportable
de
la
injusticia,
está
pidiendo
un
Juez
Supremo
que
tenga
la
última
palabra.
Sócrates
dijo
que,
"si
la
muerte
acaba
con
todo,
sería
ventajosa
para
los
malos".
También
estamos
hechos
para
la
belleza,
para
el
amor,
para
la
felicidad...
Y
al
mismo
tiempo
comprobamos
que
nada
de
lo
que
nos
rodea
puede
calmar
esa
sed.
Pedro
Salinas
ha
escrito
que
los
besos
y
las
caricias
se
equivocan
siempre:
no
acaban
donde
dicen,
no
dan
lo
que
prometen.
Platón
se
atreve
a
decir,
en
una
de
sus
intuiciones
más
geniales,
que
el
Ser
Sagrado
tiembla
en
el
ser
querido,
y
que
el
amor
provocado
por
la
hermosura
corporal
es
la
llamada
de
otro
mundo
para
despertarnos,
desperezarnos
y
rescatarnos
de
la
caverna
donde
vivimos.
Por
último,
buscamos
a
Dios
porque
vemos
morir
a
nuestros
seres
queridos
y
sabemos
que
nosotros
también
vamos
a
morir.
Ante
la
muerte
de
su
hijo
Jorge,
Ernesto
Sábato
escribía:
"En
este
atardecer
de
1998,
continúo
escuchando
la
música
que
él
amaba,
aguardando
con
infinita
esperanza
el
momento
de
reencontrarnos
en
ese
otro
mundo,
en
ese
mundo
que
quizá,
quizá
exista".
Superar
la
contumacia Después
de
apuntar
brevemente
los
motivos
por
los
que
el
ser
humano
busca
a
Dios,
entendemos
que
Hegel
haya
dicho
que
no
preguntarse
sobre
Él
equivale
a
decir
que
no
se
debe
pensar.
También
entendemos
a
Pascal
cuando
afirma
que
sólo
existen
dos
clases
de
personas
razonables:
las
que
aman
a
Dios
de
todo
corazón
porque
le
conocen,
y
las
que
le
buscan
de
todo
corazón
porque
no
le
conocen.
A
esos
gobernantes
que
pretenden
su
muerte
habría
que
recordarles
lo
del
personaje
de
Tirso:
"Los
muertos
que
vos
matáis,
gozan
de
buena
salud".
Deberían
entender
que
la
realidad
suele
ser
tozuda,
y
que
la
realidad
de
Dios
no
lo
es
menos:
si
es
expulsado
por
la
puerta,
entrará
por
la
ventana,
y
si
se
le
arroja
por
la
ventana,
entrará
por
la
puerta.
A
esos
gobernantes
que
gustan
del
diálogo
y
la
humildad,
les
vendría
muy
bien
el
recuerdo
de
Nietzsche,
Comte
o
Voltaire,
porque
está
claro
que
la
historia
se
repite.
Por
un
elemental
respeto
al
lenguaje,
sobre
el
que
se
fundamenta
la
posibilidad
de
comunicación
inteligente,
la
humanidad
ha
solido
llamar
al
pan
pan,
al
vino
vino,
y
matrimonio
a
la
unión
conyugal
de
un
hombre
y
una
mujer.
También
es
verdad
que
siempre
han
existido
Quijotes
que
han
llamado
gigantes
a
los
molinos,
castillos
a
las
posadas,
y
castas
doncellas
a
las
mozas
de
partido.
Hoy,
una
moderna
escuela
quijotesca
se
empeña
en
llamar
matrimonio
a
la
unión
homosexual,
en
contra
de
la
evidencia
más
irrefutable:
los
homosexuales
tendrían
derecho
a
engendrar
hijos
si
pudieran
fecundarse,
pero
es
la
biología
quien
les
niega
esa
posibilidad.
Las
leyes
y
las
religiones
no
imponen
nada
en
este
asunto,
se
limitan
a
subrayar
el
orden
biológico,
pues
otra
cosa
sería
un
serio
desorden.
Por
eso,
si
los
homosexuales
quieren
ser
tratados
como
los
demás,
tendrán
que
empezar
haciendo
lo
que
suelen
hacer
los
demás:
respetar
la
realidad
y
llamar
a
las
cosas
por
su
nombre.
Claro
que
pueden
llamar
a
lo
blanco
negro,
pero
así
solo
conseguirán
engañar
a
unos
pocos,
cansar
a
la
mayoría
y
estrellarse
contra
un
muro.
La
citada
escuela
quiere
hacernos
creer
que
el
matrimonio
es
pura
convención,
regulada
por
el
Derecho
para
dar
un
barniz
de
honorabilidad
a
las
relaciones
sexuales
estables
entre
adultos.
Pero
la
verdad
es
que,
en
todo
tiempo
y
lugar
-desde
Altamira
al
siglo
XXI-,
se
ha
protegido
esa
unión
por
estar
directamente
asociada
al
origen
de
la
vida
y
a
la
supervivencia
de
la
especie,
por
ser
la
institución
que
más
riqueza
humana,
lazos
de
solidaridad
y
calidad
de
vida
nos
aporta.
La
introducción
artificial
-por
reproducción
asistida
o
adopción-
de
un
niño
en
la
casa
de
dos
homosexuales,
ni
convierte
a
éstos
en
matrimonio
ni
a
los
tres
en
familia.
Dos
homosexuales
pueden
ser
dos
buenos
padres,
pero
nunca
serán
una
madre,
ni
buena
ni
mala;
dos
lesbianas
pueden
ser
dos
buenas
madres,
pero
nunca
serán
un
padre,
ni
bueno
ni
malo.
"No
deseo
a
ningún
niño
lo
que
no
he
deseado
para
mí
misma",
dice
Alejandra
Vallejo-Nágera.
Y
añade:
"Me
gusta,
siempre
me
ha
gustado,
tener
un
padre
y
una
madre.
Cualquier
otra
combinación
de
progenitores
me
parece
incompleta
e
imperfecta".
Más
que
un
tema
jurídico
o
religioso,
más
que
una
cuestión
de
tolerancia
o
libertad,
más
que
un
asunto
progresista
o
retrógrado,
de
derechas
o
izquierdas,
nos
encontramos
ante
un
problema
básicamente
genético.
Se
podrá
opinar
lo
que
se
quiera,
pero
lo
que
tú
y
yo
opinemos
es
irrelevante
cuando
los
genes
tienen
la
última
palabra,
y
cuando
ese
orden
natural
tiene
serias
repercusiones
psicológicas,
emocionales
y
educativas.
El
presidente
de
la
Asociación
Mundial
de
Psiquiatría
ha
señalado
que
un
niño
"paternizado"
por
una
pareja
homosexual
entrará
necesariamente
en
conflicto
con
otros
niños,
se
comportará
psicológicamente
como
un
niño
en
lucha
constante
con
su
entorno
y
con
los
demás,
creará
frustración
y
agresividad.
Una
vez
más,
con
la
naturaleza
hemos
topado.
Hace
siglos,
muchos
lectores
de
la
nobleza
-el
doncel
de
Sigüenza,
entre
otros-
se
hacían
representar
en
sus
tumbas
de
mármol
o
de
bronce
con
un
libro
en
las
manos,
sin
duda
con
la
ilusión
de
hacer
la
muerte
más
llevadera.
Eran
tiempos
donde
los
libros
eran
escasos.
Tan
escasos
que
en
las
bibliotecas
estaban
atados
con
una
gruesa
cadena,
reforzada
con
amenaza
de
excomunión
para
el
que
robara
uno.
Los
libros
eran
tan
valiosos
que
Bocaccio
no
dudó
en
entregar
su
caballo
a
cambio
de
uno
de
ellos,
y
un
caballo
era
algo
más
que
un
coche
en
aquel
tiempo.
Hoy
las
cosas
han
cambiado.
Uno
de
los
mejores
humoristas
europeos
dibujaba,
en
una
viñeta,
a
dos
jóvenes
hermanos
-chico
y
chica-
leyendo
tranquilamente
en
un
sofá
de
su
casa.
Así
son
sorpendidos
por
su
padre,
que
les
recrimina
su
actitud
con
estas
palabras:
"Parece
mentira...
Se
os
deja
media
hora
solos
y
apagáis
la
tele
y
el
ordenador,
y
os
ponéis
a
leer...
¡Y
queréis
que
confiemos
en
vosotros!"
Con
su
ironía,
ese
humorista
se
suma
a
una
denuncia
casi
generalizada:
la
marea
audiovisual
que
nos
invade
está
provocando,
más
que
un
cambio
cultural,
una
auténtica
mutación.
Está
transformando
al
homo
sapiens,
producto
de
la
cultura
escrita,
en
homo
videns,
infraeducado
por
la
imagen.
Por
eso,
padres
y
profesores
se
enfrentan
hoy
a
un
reto
sin
precedentes:
la
educación
de
videoniños,
de
criaturas
que
pasan
más
tiempo
en
el
mundo
virtual
de
una
pantalla
que
en
el
mundo
real.
Esta
situación
es
alarmante
y
hace
que
la
cultura
escrita
sea
más
necesaria
que
nunca.
No
es
inoportuno
recordar
que
este
país
-como
cualquier
otro-
necesita
buenos
lectores.
Muchísima
gente
joven
reconoce
que
apenas
lee,
y
cuando
lo
hace
es
por
obligación
y
con
una
inmensa
desgana:
"Ayer
estaba
tan
aburrido
-me
decía
un
alumno-
que
hasta
me
puse
a
leer
un
libro".
Mi
alumno
no
sabía
que
el
libro
es
el
instrumento
de
humanización
que
nos
saca
del
estado
de
homo
neandhertalensis
en
que
todos
nacemos.
Tampoco
sabía
que
un
buen
libro
es
la
plenitud
de
esa
humanización,
y
que
le
necesitamos
para
pensar
y
sentir,
para
esclarecer
la
realidad
y
el
laberinto
del
mundo.
Porque
lo
cierto
es
que
vivimos
en
una
época
con
sobredosis
de
información
y
de
mensajes
contradictorios,
donde
a
menudo
"lo
bello
es
feo
y
lo
feo
es
bello",
como
cantaban
las
brujas
que
engañaron
a
Macbeth.
Necesitamos
el
libro
-ha
dicho
un
premio
Cervantes-
para
vivir
la
verdadera
vida,
que
está
por
encima
de
la
ficción
política.
Para
vivir
libres
de
la
preocupación
por
nosotros
mismos.
Para
arrojar
luz
y
placer
en
las
mañanas
del
mundo
que
nos
son
concedidas.
Me
estoy
refiriendo
a
buenos
libros,
a
lecturas
selectas,
pues
es
evidente
-como
lamentaba
Borges-
que
cada
vez
se
publican
más
tonterías.
Pienso
en
esos
libros
capaces
-mientras
son
leídos-
de
reducir
el
resto
del
mundo
a
ruido
de
fondo.
Como
nos
ha
pasado
con
Ulises
y
Penélope,
con
Rodian
Raskolnikof
y
Sonia,
con
Gandalf
y
Frodo,
con
Platero
y
Harry
Potter,
con
Átticus
Finch,
con
el
rey
Lear,
con
Calixto
y
Melibea,
con
Segismundo
y
don
Quijote.
Si
no
ganamos
esta
batalla,
el
videoniño
no
crecerá
mucho
más,
y
a
los
treinta
años
será
un
adulto
con
todo
el
vacío
del
mundo
en
la
cabeza.
Hoy
asistimos
a
un
importante
progreso
en
los
conocimientos
biomédicos
sobre
el
origen,
la
naturaleza,
las
patologías
y
los
tratamientos
de
la
vida
humana.
Pero
también
constatamos
el
perfeccionamiento
de
las
técnicas
para
manipularla
y
suprimirla.
Conviene
recordar,
por
ello,
que
la
investigación
biomédica
y
sus
posibilidades
técnicas
no
están
justificadas
a
cualquier
precio,
de
la
misma
manera
que
una
buena
investigación
policial
no
justifica
la
tortura,
y
que
la
necesidad
de
ganar
dinero
tampoco
justifica
el
robo
o
la
venta
de
droga.
El
problema
de
la
manipulación
y
eliminación
de
embriones
consiste
en
saber
si
son
o
no
son
personas.
Quienes
niegan
la
condición
personal
del
embrión
aducen
que
ser
persona
es
tener
autonomía
vital
y
capacidad
de
relación
inteligente.
Pero
eso
les
pone
en
la
difícil
tesitura
de
negar
la
condición
personal
no
sólo
al
embrión,
sino
también
al
recién
nacido,
al
deficiente
mental
profundo
y
al
hombre
que
duerme.
Quienes
afirman
la
condición
personal
del
embrión
aportan
el
testimonio
de
la
biología:
el
óvulo
fecundado
tiene
individualidad
genética
y
es
capaz
de
presidir
su
propio
destino
hasta
la
vejez
y
la
muerte
natural.
La
biología
pone
así
de
manifiesto
la
verdad
de
una
intuición
universal:
que
el
embrión
es
un
ser
humano
en
estado
embrionario.
Por
eso,
la
investigación
biomédica
debe
renunciar
a
intervenir
sobre
embriones
vivos
si
no
existe
la
certeza
moral
de
que
no
se
causará
daño
alguno
a
su
vida
y
a
su
integridad.
Los
embriones
vivos
merecen
el
respeto
que
se
debe
a
cualquier
persona
humana,
y
tanto
crearlos
como
mantenerlos
en
vida
para
fines
experimentales
o
comerciales
es
contrario
a
la
dignidad
humana.
Incluso
si
ponemos
en
duda
el
estatuto
humano
del
embrión,
esa
misma
duda
tiene
una
enorme
fuerza
argumental:
¿no
será
el
embrión
una
persona
llamada
a
la
autonomía
y
al
protagonismo
de
su
propia
vida?
Podrá
discutirse.
Habrá
que
sopesar
los
argumentos.
Pero
si
algo
está
claro
es
que,
en
la
duda,
es
obligatorio
respetar:
nadie
puede
disparar
en
el
bosque
cuando
duda
si
lo
hace
sobre
un
hombre.
En
cuestiones
de
disciplina
escolar,
hay
que
reconocer
que
el
patio
está
bastante
revuelto,
con
noticias
trágicas
en
primera
página.
¿Qué
está
pasando?
Los
ensayos
e
informes
más
recientes
sobre
el
mundo
de
los
adolescentes
detectan
un
punto
por
donde
nuestro
sistema
educativo
hace
agua:
la
falta
de
autoridad.
En
ese
diagnóstico
son
unánimes
padres
y
profesores.
Ni
unos
ni
otros
echan
de
menos
el
autoritarismo
de
la
violencia
física
o
la
humillación,
sino
el
prestigio
capaz
de
garantizar
un
orden
básico.
Un
orden
que
precisa
información
sobre
lo
que
está
bien
y
lo
que
está
mal,
para
que
la
norma
de
conducta
no
sea
la
ausencia
de
toda
norma,
el
todo
vale.
En
Los
límites
de
la
educación,
una
magnífica
radiografía
de
la
LOGSE,
Mercedes
Ruiz
Paz
explica
que
la
autoridad
supone
transmitir
la
obligatoriedad
de
unas
pautas
y
valores
fundamentales,
de
unos
criterios
que
ayudarán
a
construir
personalidades
equilibradas,
capaces
de
obrar
con
libertad
responsable.
Sin
embargo,
lamenta
que
la
moderna
pedagogía
nos
esté
enseñando,
con
una
didáctica
demoledora,
cómo
la
tolerancia
ilimitada,
la
permisividad
extrema
y
la
educación
sin
límites,
garantizan
la
educación
en
y
para
la
impunidad.
Todos
entendemos
que
la
primera
autoridad
debe
ejercerse
y
aprenderse
en
la
familia.
Y
también
tenemos
claro
que
esto
no
siempre
sucede.
En
estos
últimos
años,
muchos
padres
y
profesores
escamotean
esta
responsabilidad
tratando
a
sus
hijos
y
alumnos
de
igual
a
igual,
como
coleguillas
o
amiguetes,
sin
comprender
que
la
educación
no
es
ni
debe
ser
una
relación
entre
iguales.
Con
los
hijos,
por
poner
un
ejemplo,
no
se
puede
discutir
la
necesidad
de
atención
médica,
y
los
padres
son
responsables
de
esa
atención
sin
discusión.
También
suele
ser
equivocado
atribuir
a
la
autoridad
la
posible
infelicidad
de
un
hijo
o
de
un
alumno.
En
realidad,
sucede
lo
contrario.
Una
correcta
autoridad
hace
que
el
niño
y
el
joven
se
sientan
queridos
y
seguros,
pues
notan
que
le
importan
a
alguien.
Por
eso
Mafalda
odia
la
sopa
y,
al
mismo
tiempo,
ama
a
su
madre.
Los
expertos
en
psicología
infantil
suelen
explicar
cómo
padres
y
profesores
decepcionan
al
niño
si
le
dejan
hacer
todo
lo
que
quiere,
entre
otras
cosas
porque
su
equivocada
tolerancia
hará
del
pequeño
un
pequeño
tirano
antipático.
Esos
adultos
desconocen
que
una
armonía
a
base
de
todo
tipo
de
concesiones
se
asienta
sobre
un
polvorín,
como
están
demostrando
los
casos
cada
vez
más
frecuentes
de
violencia
escolar.
Hemos
superado
los
malos
tiempos
de
la
letra,
con
sangre
entra,
pero
el
actual
desprestigio
de
la
autoridad
evidencia
que
tendemos
a
caer
en
el
extremo
opuesto.
No
comparto
con
Savater
su
coqueteo
con
el
hedonismo
ni
su
alergia
hacia
la
religión,
pero
aplaudo
su
reivindicación
clara
de
la
autoridad,
que
pone
en
solfa
la
pretensión
lúdica
de
tanta
pedagogía
moderna.
Señala,
en
este
sentido,
que
la
actual
crisis
de
autoridad
se
alimenta
del
recelo
ante
la
posibilidad
de
tener
que
ejercerla.
Hemos
olvidado
que
los
niños
son
educados
para
ser
adultos,
no
para
seguir
siendo
niños.
Además
-como
estamos
comprobando
y
lamentando-,
"cuando
los
adultos
responsables
no
ejercen
su
autoridad,
lo
que
reina
no
es
la
anarquía
fraternal
sino
el
despotismo
de
los
cabecillas".
Muchos
níños
y
jóvenes
lo
están
sufriendo
en
sus
carnes.
Vivimos
en
una
sociedad
laica
y
hemos
de
tener
leyes
laicas.
Lo
decía
en
televisión
uno
de
esos
desconocidos
que,
con
frecuencia,
opinan
de
lo
que
saben,
de
lo
que
no
saben
y
de
lo
que
haga
falta.
Uno
pensaba
que
las
leyes,
con
independencia
de
lo
que
sea
la
sociedad,
han
de
ser
justas.
Pero
el
susodicho
no
opinaba
así.
Con
su
lógica
de
papel,
podía
haber
dicho
que
a
una
sociedad
multicultural
le
corresponden
leyes
multiculturales,
que
a
una
sociedad
racista
y
chapucera
le
corresponden
leyes
que
justifiquen
el
racismo
y
la
chapuza...
Creo
recordar
que
pedía
leyes
laicas
a
propósito
de
la
eliminación
de
embriones
sobrantes,
y
que
era
director
o
gerente
de
una
clínica
especializada
en
reproducción
asistida.
"En
yendo
contra
mi
gusto,
nada
me
parece
justo",
aclaraba
un
personaje
de
Calderón.
A
nuestro
personaje
televisivo
no
le
parecía
justa
ninguna
restricción
a
su
negocio
privado,
y
menos
la
prohibición
de
manipular
y
tirar
al
cubo
de
la
basura
unos
embrioncillos
insignificantes.
Así
que
leyes
laicas.
El
propio
Rodríguez
nos
ha
lanzado,
desde
su
Olimpo
recién
estrenado,
un
aviso
bien
claro:
"ha
llegado
la
hora
de
una
visión
laica,
en
la
que
nadie
impone
sus
creencias
ni
en
la
escuela,
ni
en
la
investigación,
ni
en
ninguún
ambito
de
la
sociedad".
Por
lo
que
parece,
los
adjetivos
laical
y
laicista
son
tan
imprecisos
que
se
están
convirtiendo
en
un
peligroso
cajón
de
sastre:
en
el
gran
argumento
para
defender
la
postura
libertaria
e
irresponsable
del
todo
vale.
A
nuestro
director
o
gerente
de
clínica
privada
-y
reconozco
que
esto
es
solo
una
suposición
fundada-
no
se
le
pasó
por
la
cabeza
que
el
problema
de
los
embriones
no
tiene
nada
que
ver
con
el
laicismo,
sino
con
su
propio
estatuto:
¿son
personas
o
son
un
mero
trozo
de
carne?
De
hecho,
algunos
de
los
laicistas
más
famosos
de
Europa
adoptan,
ante
los
embriones,
posturas
mucho
más
razonables.
Norberto
Bobbio
ha
escrito
que
la
ética
laica
se
diferencia
de
la
religiosa
no
tanto
por
los
preceptos
como
por
la
forma
de
justificarlos:
"la
prohibición
de
matar
es
fundamentada
por
la
ética
religiosa
en
un
mandamiento
divino;
una
ética
laica
la
justifica
racionalmente".
A
Bobbio
-principal
referente,
durante
décadas,
del
pensamiento
laico
en
Italia-
no
le
importó
verse
unido
a
los
católicos
a
la
hora
de
dejar
claro
su
neta
oposición
al
aborto,
y
lamentó
públicamente
que
"los
laicos
dejen
a
los
creyentes
el
honor
de
afirmar
que
no
se
debe
matar".
Con
los
embriones
hay
que
ser,
como
mínimo,
muy
prudentes.
Porque,
si
son
personas,
no
se
puede
decir
que
sobren.
La
misma
duda
tiene,
en
este
caso,
una
enorme
fuerza
argumental.
Podrá
discutirse
y
habrá
que
sopesar
los
argumentos,
pero
está
claro
que,
en
la
duda,
es
obligatorio
respetar:
nadie
dispara
en
el
bosque
cuando
duda
si
lo
hace
sobre
un
hombre.
Frente
a
los
embriones,
Umberto
Eco
-otro
de
los
abanderados
del
laicismo-,
nos
dice
que
"tal
vez
estemos
condenados
a
saber
únicamente
que
tiene
lugar
un
proceso
cuyo
resultado
final
es
el
milagro
del
recién
nacido,
y
que
decidir
hasta
qué
momento
se
tiene
derecho
de
intervenir
en
ese
proceso
y
a
partir
de
cuál
ya
no
es
lícito
hacerlo,
no
puede
ser
ni
aclarado
ni
discutido".
Y
lo
dice
después
de
afirmar
que
no
está
vinculado
a
otro
magisterio
que
no
sea
el
de
la
recta
razón.
Sin
complejos.
Un
amigo
ingeniero
me
dice
que
la
familia
es
la
gran
depuradora,
capaz
de
reciclar
y
purificar
la
espesa
capa
de
mugre
y
malicia
que
a
todos
se
nos
pega
en
la
calle.
Con
su
comparación
ingenieril,
él
me
da
el
título
de
esta
columna
y
yo
le
doy
la
razón.
Porque
es
verdad.
Cuando
las
aguas
bajan
sucias,
cuando
la
televisión
envenena
las
fuentes
de
la
verdad
y
del
buen
gusto,
cuando
se
legisla
contra
la
vida
de
los
más
débiles,
cuando
se
quiere
sumergir
a
los
jóvenes
en
el
hedonismo
y
el
sinsentido,
nos
queda
la
familia.
En
su
seno
suceden
las
cosas
más
importantes
de
la
vida,
pues
el
lugar
donde
todos
nacemos
y
morimos
no
es
una
oficina
o
una
fábrica.
En
la
familia
el
ser
humano
nace,
crece,
se
educa,
se
casa,
educa
a
sus
hijos
y
al
final
muere.
En
la
familia
se
aprende
y
se
enseña
a
vivir
y
a
morir,
y
esa
enseñanza
realizada
por
amor
es
un
trabajo
social
absolutamente
necesario,
imposible
de
realizar
por
dinero.
A
nuestro
gobernantes
socialistas
les
recordamos
que
la
primera
y
más
importante
socialización
se
realiza
en
el
hogar.
No
hay
yo
sin
tú,
y
el
primer
tú
que
contempla
el
recién
nacido,
antes
de
reconocerse
a
sí
mismo,
es
el
semblante
de
su
madre.
Por
eso,
antes
que
ciudadanos,
los
hombres
y
las
mujeres
somos
miembros
de
una
familia,
de
una
institución
que
aparece
como
la
primera
y
más
importante
de
las
formas
de
convivencia,
la
tradición
más
antigua
de
la
humanidad.
De
hecho,
si
la
humanidad
no
se
hubiera
organizado
en
familias,
no
existirían
los
Estados
y
sus
Gobiernos.
La
especie
humana
no
es
viable
sin
la
familia.
Pero
sería
equivocado
concebirla
como
célula
de
la
sociedad
tan
sólo
en
sentido
biológico,
pues
también
lo
es
en
el
aspecto
social,
político,
cultural
y
moral.
Virtudes
sociales
tan
importantes
como
la
justicia
y
el
respeto
a
los
demás
se
aprenden
principalmente
en
su
seno,
y
también
el
ejercicio
humano
de
la
autoridad
y
su
acatamiento.
La
familia
es,
por
tanto,
insustituible
desde
el
punto
de
vista
de
la
pedagogía
social.
Su
propia
estabilidad,
por
encima
de
los
pequeños
o
grandes
conflictos
inevitables,
es
ya
una
escuela
de
esfuerzo
y
ayuda
mutua.
En
esa
escuela
se
forman
los
hijos
en
unos
hábitos
cuyo
campo
de
aplicación
puede
fácilmente
ampliarse
a
la
convivencia
ciudadana.
De
hecho
la
convivencia
familiar
es
una
enseñanza
incomparablemente
superior
a
la
de
cualquier
razonamiento
abstracto
sobre
la
tolerancia
o
la
paz
social.
Espectadores
de
una
crisis
familiar
sin
precedentes,
muchos
analistas
sociales
llegan
de
nuevo
a
la
vieja
conclusión
de
que
la
familia
es
la
más
amable
de
las
creaciones
humanas,
la
más
delicada
mezcla
de
necesidad
y
libertad.
Sólo
ella
es
capaz
de
transimitir
con
eficacia
valores
fundamentales
que
dan
sentido
a
la
vida,
y
eso
la
hace
especialmente
valiosa
en
un
mundo
consagrado
al
pragmatismo.
Poco
hay
que
enseñar
a
una
mariposa
o
a
un
pulpo,
pero
si
los
seres
humanos
quieren
alcanzar
la
madurez
personal
deben
estar
bajo
la
protección
de
personas
responsables
durante
largos
años
de
crecimiento
intelectual
y
moral.
En
este
hecho
natural
y
evidente
descansa
la
tarea
insistituible
de
la
familia,
y
también
es
evidente
que
su
desconocimiento
está
generando
un
coste
social
y
unas
patologías
alarmantes.
Me
temo,
por
ello,
que
los
Gobiernos
que
legislan
contra
la
familia
no
saben
lo
que
hacen,
porque
no
saben
lo
que
deshacen.
Supongamos
que
un
tal
Tao
Yin
publica
un
libro
con
el
título
Por
qué
soy
budista.
Lo
lees
y
resulta
que
todas
sus
páginas
están
atravesadas
por
la
duda
sobre
la
misma
existencia
de
Buda:
¿no
será
un
mito
inventado
por
sus
propios
seguidores?
En
caso
de
haber
existido,
Yin
asegura
que
no
conocemos
la
verdadera
identidad
de
Buda,
desfigurada
por
oscuros
intereses
de
su
entorno
más
cercano.
Sin
embargo,
Yin
se
confiesa
budista
y
dice
que
cree
en
lo
que
no
cree.
Estos
días
he
leído
Por
qué
soy
cristiano,
un
libro
aquejado
de
la
misma
paradoja
budista,
pues
el
autor
no
tiene
clara
la
realidad
histórica
de
Cristo,
y
mucho
menos
su
realidad
divina.
De
la
docena
larga
de
afirmaciones
que
contiene
el
Credo
cristiano,
parece
que
José
Antonio
Marina
solo
admite
una:
que
Jesucristo
murió.
Lo
cual
ya
es
algo,
claro.
Reconozco
que
mi
admirado
ensayista
es
tan
libre
como
cualquiera
de
creer
o
no
creer
que
Jesucristo
es
Dios
hecho
hombre.
Pero
si
excluye
esa
premisa
mayor,
está
claro
que
el
título
de
su
libro
ha
de
ser
otro:
Por
qué
no
soy
cristiano.
La
fe
en
Cristo
es
la
respuesta
a
un
testimonio
que
viene
avalado
con
la
vida
de
los
testigos
y
con
la
credibilidad
del
mensaje.
El
testimonio
puede
ser
más
o
menos
creíble,
pero
no
se
puede
probar.
Nosotros
solo
podemos
reconocer
que
los
primeros
cristianos
dieron
su
vida
por
Cristo.
Pero
no
podemos
ver
la
resurrección
de
Cristo.
Por
eso
es
libre
la
fe.
Incluso
quienes
conocieron
a
Cristo
gozaron
de
esa
libertad.
Pilatos
reconoció
que
Jesús
de
Nazaret
era
una
buena
persona,
pero
no
creyó
que
fuera
Dios
hecho
hombre.
Pilatos
creía
más
o
menos
lo
que
cree
Marina
ahora,
pero
nunca
se
hubiera
atrevido
a
llamarse
cristiano,
y
menos
en
el
título
de
un
libro.
Me
ha
sorprendido
que
Marina
-tan
escrupuloso
con
la
bibliografía
actualizada-
se
enrede
en
planteamientos
modernistas
de
hace
un
siglo.
También
me
ha
sorprendido
que
mencione
a
mil
autores
y
se
olvide
de
Julián
Marías,
autor
de
un
ensayo
clarividente
como
pocos:
La
Perspectiva
cristiana.
Ya
puestos,
el
que
busque
buena
divulgación
científica
sobre
el
Jesús
histórico,
que
no
se
pierda
Rabí
Jesús
de
Nazaret,
de
Francisco
Varo.
Y
no
soy
amigo
de
Varo
ni
de
Marías.
Cuenta
Jiménez
Lozano
que
iban
a
fusilar
al
sacristán
y
a
varios
vecinos
del
pueblo.
Ya
los
tenían
contra
la
tapia,
al
amanecer,
cuando
llegó
el
cura
en
una
burra
como
un
castillo.
Dio
los
buenos
días
en
seco
y
quiso
interceder
ante
los
milicianos.
Pero
le
contestaron
de
mala
manera
y
le
aconsejaron
que
se
largara.
Entonces
se
apeó
de
la
burra
y
dijo
mansamente
a
los
fusiladores:
"Que
es
que
no
me
habéis
entendido".
Ante
sus
carcajadas,
el
cura
se
puso
nervioso
y
colorado,
se
arremangó
un
poco
las
mangas
de
la
sotana,
frunció
las
cejas
negras
como
un
tizón,
aclaró
el
vozarrón
de
los
grandes
sermones
y
ordenó
que
soltaran
a
aquellos
desgraciados.
"¡En
el
acto!",
dijo.
Y
entonces
se
hizo
el
silencio
y
le
hicieron
caso.
No
por
la
orden
tajante,
ni
por
la
navaja
que
abría.
Obedecieron
porque
les
miró
de
frente
y
sacó
el
argumento:
"Que
os
lo
digo
yo...,
que
he
sido
capador".
A
los
pocos
días
de
leer
esta
historia,
Ima
Sanchís
me
preguntó
en
Barcelona
por
el
argumento.
Se
refería
a
otra
cosa,
claro,
pero
a
mí
me
hizo
gracia
por
asociación.
Con
la
prisa
propia
de
los
periodistas,
había
ojeado
"Dios
y
los
náufragos"
y
pedía
a
su
autor
una
especie
de
silogismo
irrefutable
para
llegar
a
Dios,
un
atajo
directo
y
bien
señalizado.
Era
en
julio
y
hacía
bochorno,
pero
en
la
redacción
de
La
Vanguardia
el
aire
acondicionado
venía
directamente
del
Polo.
Ima
se
enfundó
mi
cazadora
y
la
cerró
hasta
el
cuello
para
no
morir
congelada.
Después
preparó
la
grabadora
y
disparó
a
bocajarro.
Su
pregunta,
más
allá
de
la
legítima
curiosidad
intelectual,
sonaba
a
súplica,
a
búsqueda
sincera.
Entonces
le
hablé
de
las
grandes
pruebas
cosmológicas
y
escogí
una
de
sus
más
bellas
formulaciones:
Pregunta
a
la
hermosura
de
la
tierra,
del
mar,
del
aire
dilatado
y
difuso.
Pregunta
a
la
magnificencia
del
cielo,
al
ritmo
acelerado
de
los
astros,
al
sol
-dueño
fulgurante
del
día-
y
a
la
luna
-señora
esplendente
y
temperante
de
la
noche-.
Pregunta
a
los
animales
que
se
mueven
en
el
agua,
a
los
que
moran
en
la
tierra
y
a
los
que
vuelan
en
el
aire.
Pregunta
a
los
espíritus
que
no
ves,
y
a
los
cuerpos
cuya
evidencia
te
entra
por
los
ojos.
Pregunta
al
mundo
visible,
que
necesita
ser
gobernado,
y
al
invisible,
que
es
quien
gobierna.
Pregúntales
a
todos,
y
todos
te
responderán:
"míranos;
somos
hermosos".
Su
hermosura
es
una
confesión.
¿Quién
hizo,
en
efecto,
estas
hermosuras
imperfectas
sino
el
que
es
la
hermosura
perfecta?
Es
un
célebre
texto
de
San
Agustín,
y
para
que
Ima
no
pensara
que
la
argumentación
sobre
Dios
es
cosa
de
santos,
leí
el
epitafio
que
don
Pedro
Pidal,
marqués
de
Villaviciosa
de
Asturias,
escribió
para
su
propia
tumba:
Enamorado
del
Parque
Nacional
de
la
Montaña
de
Covadonga,
en
él
desearía
vivir,
morir
y
reposar
eternamente.
Pero
esto
último
en
Ordiales,
en
el
reino
encantado
de
los
rebecos
y
las
águilas,
allí
donde
conocí
la
felicidad
de
los
cielos
y
de
la
tierra,
allí
donde
pasé
horas
de
admiración,
ensueño
y
transporte
inolvidables,
allí
donde
adoré
a
Dios
en
sus
obras
como
a
Supremo
Artífice,
allí
donde
la
naturaleza
se
me
apareció
verdaderamente
como
un
templo.
A
Ima,
inteligente
y
guapa,
el
Dios
de
los
filósofos
le
sabe
a
poco.
Y
más
cuando
son
los
mismos
filósofos
los
que
se
niegan
y
contradicen
entre
sí.
La
periodista
es
hija
de
su
tiempo,
un
tiempo
de
dudas
e
increencia,
heredero
al
mismo
tiempo
de
Voltaire
y
Descartes,
de
Comte
y
Nietzsche,
de
Marx
y
Darwin.
Piensa
con
razón
que
un
Dios
concebido
como
Causa
o
Inteligencia
suprema
no
da
razón
de
la
sinrazón
humana,
del
dolor
inmenso
acumulado
durante
siglos
de
esclavitud
y
guerras,
enfermedades
e
injusticia.
"¿Por
qué
se
convierten
los
conversos
famosos?
¿Cómo
responde
el
Dios
de
los
conversos
al
misterio
del
mal,
al
escándalo
del
sufrimiento
humano?".
La
pregunta
no
se
podía
formular
mejor,
y
exigía
una
respuesta
a
la
altura
del
problema.
Ima
se
quedó
sorprendida
al
escuchar
que
todos
los
conversos
coinciden
en
su
respuesta,
y
que
no
es
precisamente
un
argumento
sino
una
Persona.
La
diferencia
entre
entender
un
argumento
y
conocer
a
una
persona
es
grande:
no
se
conoce
bien
a
nadie
en
dos
minutos,
ni
en
dos
horas,
ni
en
dos
meses.
Por
eso
los
conversos
se
toman
su
tiempo.
Mucho
más
tiempo
del
que
dura
una
entrevista
para
la
prensa.
El
tiempo
que
se
tomó
Dostoievski,
preso
en
Siberia
cinco
años,
para
entender
y
resumir
el
argumento
definitivo
de
los
conversos,
tan
diferente
al
del
capador:
Soy
hijo
de
este
siglo,
hijo
de
la
incredulidad
y
de
las
dudas,
y
lo
seguiré
siendo
hasta
el
día
de
mi
muerte.
Pero
mi
sed
de
fe
siempre
me
ha
producido
una
terrible
tortura.
Alguna
vez
Dios
me
envía
momentos
de
calma
total,
y
en
esos
momentos
he
formulado
mi
credo
personal:
que
nadie
es
más
bello,
profundo,
comprensivo,
razonable,
viril
y
perfecto
que
Cristo.
Pero
además
-y
lo
digo
con
un
amor
entusiasta-
no
puede
haber
nada
mejor.
Más
aún:
si
alguien
me
probase
que
Cristo
no
es
la
verdad,
y
si
se
probase
que
la
verdad
está
fuera
de
Cristo,
preferiría
quedarme
con
Cristo
antes
que
con
la
verdad.
Elie
Wiesel,
el
periodista
que
acuñó
el
termino
Holocausto,
tenía
doce
años
cuando
llegó
una
noche,
en
un
vagón
de
ganado,
al
campo
de
exterminio
de
Auschwitz.
Entonces
vio
un
foso
del
que
subían
llamas
gigantescas.
Un
camión
se
acercó
al
foso
y
descargó
su
carga:
(eran
niños!
Wiesel
vivió
para
contarlo
y
decirnos
que
jamás
olvidaría
esa
primera
noche
en
el
campo,
que
hizo
de
su
vida
una
larga
noche
bajo
siete
vueltas
de
llave.
Que
jamás
olvidaría
esa
humareda
y
las
caras
de
los
niños
que
vio
convertirse
en
humo.
Que
jamás
olvidaría
esos
instantes
que
asesinaron
a
su
Dios
en
su
alma,
y
que
dieron
a
sus
sueños
el
rostro
del
desierto.
Que
jamás
olvidaría
ese
silencio
nocturno
que
le
quitó
para
siempre
las
ganas
de
vivir.
Yo
estaba
en
Madrid
el
11-M,
el
día
en
que
un
múltiple
atentado
reventaba
varios
vagones
de
tren,
mataba
a
doscientas
personas
y
hería
a
más
de
mil.
Me
acordé
de
Wiesel.
¿Dónde
estaba
Dios?
Sé
que
no
es
una
pregunta
original,
pues
el
ser
humano
la
lleva
formulando
desde
que
apareció
sobre
la
Tierra
y
comprobó
que
su
vida
es
siempre
dramática.
Pero
es
una
pregunta
obligada.
La
respuesta,
en
cambio,
no
lo
es.
Aunque
la
existencia
del
dolor
-en
concreto
el
sufrimiento
de
los
inocentes-
es
el
gran
argumento
del
ateísmo,
la
humanidad
ha
creído
de
forma
muy
mayoritaria
en
Dios.
En
cualquier
caso,
si
Dios
existe,
¿por
qué
permite
el
mal?
Sin
resolver
el
misterio
de
esta
cuestión,
una
respuesta
clásica
dice
que
Dios
puede
no
crear
seres
libres,
pero
si
los
crea
no
puede
impedir
que
hagan
el
mal:
ha
de
respetar
las
reglas
que
Él
mismo
ha
puesto.
Otra
de
las
respuestas
tradicionales
afirma
que,
aunque
el
mal
no
es
querido
por
Dios,
no
escapa
a
su
providencia:
es
conocido,
dirigido
y
ordenado
por
Él
a
algún
fin.
En
este
sentido,
el
psiquiatra
Viktor
Frankl
se
preguntaba
si
un
chimpancé,
al
que
se
ha
inyectado
una
y
otra
vez
para
producir
la
vacuna
de
la
poliomelitis
-del
SIDA,
diríamos
hoy-,
sería
capaz
de
entender
el
significado
de
su
sufrimiento.
¿Y
no
es
concebible
-concluye-
que
exista
otra
dimensión,
un
mundo
más
allá
del
mundo
del
hombre,
un
mundo
en
el
que
la
pregunta
sobre
el
significado
último
del
sufrimiento
humano
obtenga
respuesta?
Lo
cierto
es
que,
si
Dios
es
bueno
y
todopoderoso,
Él
aparece
como
último
responsable
del
triunfo
del
mal,
al
menos
por
no
impedirlo.
Y,
entonces,
la
historia
humana
se
convierte
en
el
juicio
a
Dios.
Hay
épocas
en
las
que
la
opinión
pública
sienta
a
Dios
en
el
banquillo.
Ya
sucedió
en
el
siglo
de
Voltaire.
Y
sucede
en
nuestros
días.
Cuando
el
periodista
Vittorio
Messori
interpela
sobre
este
punto
al
obispo
de
Roma,
la
respuesta
del
Pontífice,
sin
suprimir
el
misterio
de
la
cuestión,
es
de
una
radicalidad
proporcionada
a
la
magnitud
del
problema:
el
Dios
bíblico
entregó
a
su
Hijo
a
la
muerte
en
la
cruz.
¿Podía
justificarse
de
otro
modo
ante
la
sufriente
historia
humana?
¿No
es
una
prueba
de
solidaridad
con
el
hombre
que
sufre?
El
hecho
de
que
Cristo
haya
permanecido
clavado
en
la
cruz
hasta
el
final,
el
hecho
de
que
sobre
la
cruz
haya
podido
decir,
como
todos
los
que
sufren,
"Dios
mío,
Dios
mío,
por
qué
me
has
abandonado",
ha
quedado
en
la
historia
del
hombre
como
el
argumento
más
fuerte.
"Si
no
hubiera
existido
esa
agonía
en
la
cruz
-concluye
Juan
Pablo
II-,
la
verdad
de
que
Dios
es
Amor
estaría
por
demostrar".
¡No
está
lloviendo,
está
llorando!,
repetían
los
dos
millones
de
manifestantes
que
el
viernes
12
paseaban
su
indignación
y
su
tristeza
por
las
calles
de
Madrid.
Tenían
razón:
el
cielo
lloraba,
una
vez
más,
la
barbarie
de
esta
"especie
de
los
abismos".
Pero
la
última
palabra
no
la
tiene
el
zarpazo
del
mal,
ni
el
pelotón
de
psicólogos
bienintencionados
que
no
pueden
devolver
la
vida
a
los
muertos.
"Hoy
mismo
estarás
conmigo
en
el
Paraíso",
prometió
Jesucristo
a
un
moribundo
torturado
en
una
cruz.
Si
todos
hemos
querido
ser
madrileños
con
las
víctimas
del
salvaje
atentado,
pienso
que
Cristo
en
la
cruz
es,
estos
días,
más
madrileño
que
ninguno.
Y
me
parece
que
preguntarse
dónde
estaba
Dios
el
11-M
solo
tiene
una
respuesta
con
sentido:
Dios
estaba
clavado
en
una
cruz,
precisamente
por
la
barbaridad
del
11-M
y
por
todas
las
barbaridades
de
la
historia
humana.
Si
no
fuera
así,
la
Semana
Santa
sevillana
-por
poner
un
ejemplo
muy
querido
y
muy
nuestro-
sería
mero
folclore.
O,
con
palabras
duras
de
Shakespeare,
un
cuento
que
nada
significa,
representado
por
una
panda
de
idiotas.
Kant
pensaba
que
Dios
existe
porque
estamos
hechos
para
la
justicia.
El
absurdo
que
supone,
tantas
veces,
el
triunfo
insoportable
de
la
injusticia,
está
pidiendo
un
Juez
Supremo
que
tenga
la
última
palabra.
Sócrates
resumió
ese
argumento
en
una
frase
afortunada:
"Si
la
muerte
acaba
con
todo,
sería
ventajoso
para
los
malos".
Kant,
que
no
se
caracterizaba
por
su
fervor
religioso
y
sí
por
su
razón
muy
despierta,
también
pensaba
que
no
es
incompatible
el
sufrimiento
humano
con
la
infinita
bondad
y
omnipotencia
de
Dios.
Con
las
imágenes
madrileñas
aún
en
la
retina,
estas
plabras
nos
pueden
parecer
escandalosas.
Pero
Kant
nos
diría,
entonces,
que
un
Dios
infinitamente
poderoso
y
bueno
bien
podría
compensar
infinitamente
cualquier
tragedia
humana
con
un
eternidad
feliz.
San
Agustín
pone
ese
mismo
argumento
en
boca
de
un
muerto
que
ha
sumido
en
el
desconsuelo
a
sus
seres
queridos.
Imaginemos
que
son
palabras
de
un
niño
a
su
madre:
"No
llores
si
me
amas.
¡Si
conocieras
el
don
de
Dios
y
lo
que
te
espera
en
el
Cielo!
¡Si
pudieras
oír
el
cántico
de
los
ángeles
y
verme
en
medio
de
ellos!
¡Si
por
un
instante
pudieras
contemplar,
como
yo,
la
Belleza
ante
la
que
palidecen
las
bellezas!
¿Me
has
amado
en
el
país
de
las
sombras
y
no
te
resignas
a
verme
en
el
de
las
realidades
eternas?
Créeme:
cuando
llegue
el
día
que
Dios
haya
fijado
para
que
vengas
a
este
Cielo
donde
yo
te
precedo,
volverás
a
ver
a
quien
siempre
te
ama,
y
encontrarás
mi
corazón
con
todas
las
ternuras
purificadas.
Me
encontrarás
transfigurado,
feliz,
no
esperando
la
muerte,
sino
avanzando
contigo
por
los
senderos
de
la
luz.
Por
tanto,
enjuga
tus
lágrimas
y
no
llores
si
me
amas".
Leticia tiene quince años, una guitarra, varios hermanos y mucha simpatía. Le pregunto su opinión sobre las series de televisión. Me responde que ha decidido no verlas, porque le parece que confunden el amor con la obsesión por enchufar sexo en las cabezas de los espectadores. “Pretenden hacernos creer –me explica- que lo normal es el sexo fuera del matrimonio, el aborto y la eutanasia, y –sobre todo- la homosexualidad. Además, como los guiones están llenos de humor, parece que todo lo que muestran es bueno y maravilloso”.
Algún lector estará pensando que esta chiquilla es un poco estrecha, pero José Antonio Marina dice algo muy parecido: “Si yo fuera un extraterrestre y viera algunos programas de televisión, pensaría que los humanos son unos salidos que no piensan nada más que en el sexo. Es la presión de los adultos, entre otras cosas por razones comerciales, la que está reduciendo el periodo infantil y lanzando, sobre todo a las chicas, a un mundo obsesivamente sexualizado”.
Algún Lector pensará, sin duda, que Marina es un poco estrecho, pero Ángeles Caso lamenta esa misma marea de zafiedad en programas donde “se miente, se grita, se insulta, se calumnia y se rebuzna”. Además, por su propia condición, Ángeles Caso se centra en el punto de la degradación televisiva que más le duele: la reducción de las mujeres a trozos de carne, a marujas parlanchinas, a compradoras compulsivas, a exhibicionistas de cuerpos espléndidos con cerebros de mosquito.
Es posible que Ángeles Caso sea un poco estrecha, pero Emilio Lledó también piensa que “nuestra televisión es una basura. Y su tiranía sobre la conciencia infantil y juvenil es un problema más grave que el desempleo y la crisis económica. Esos otros educadores han invadido sin derecho alguno el espacio de la educación, y han introducido valores, ideas y palabras mortales para la vida de la mente y de los hombres. La educación auténtica exige idealismo y generosidad, y sólo es posible por el cultivo del conocimiento, de la mirada sobre la realidad de la vida y de los hombres. No se trata de algo utópico. Lo utópico, irreal y ridículo es el pragmatismo de lo inútil, la falacia de convertir en real las informaciones o esperpentos que nos venden como vida, ese detritus mental que se produce en muchos rincones de la sociedad”.
Tal vez Lledó..., pero Robert Spaemann también opina que "quienes trabajan en ese medio de comunicación aplican casi únicamente el criterio del impacto para seleccionar los temas. De este modo, la tradición basada en valores normales de la vida no tiene ya espacio. La televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque en sus parámetros lo normal carece de interés. Por lo tanto, ni el equilibrio, ni la verdad, ni la belleza se respetan como valores. No sé si peco de pesimista, pero creo que la dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual".
Quizá Lledó y Spaemann sean filósofos estrechos, pero es Arturo Pérez-Reverte quien coincide con ellos y lamenta lo que ha visto en “una de esas series de estudiantes, y de jóvenes en su misma mismidad”, donde no falta un rata, varias chicas preocupadas porque Mariano no las mira, un cachas que se cepilla a una de ellas, un guapo que está saliendo de la droga, una profesora con ganas de tirarse a los alumnos, un gay que encuentra su media naranja en otro chico gay que resulta ser hijo del conserje, una chica que se queda embarazada... “Lo malo es que todo eso rebota fuera, y en vez de ser la serie la que refleja la realidad de los jóvenes, al final resultan los jóvenes de afuera los que teminan adaptando sus conversaciones, sus ideas, su vida, a lo que la serie muestra (...). Y me aterra que semejantes personajes, irreales, embusteros en su pretendida naturalidad, tan planos como el público que los reclama e imita, se consagren como referencias y ejemplos”.
Los griegos calificaban de obsceno lo que no debía ser representado sobre el escenario del teatro, por considerarlo degradante para el espectador. Pero nosotros somos posmodernos, y no necesitamos moralina de Pericles ni de Pérez-Reverte. Por eso producimos estupidez en serie, y luego vemos esas series con gusto, pues estamos encantados de descender del mono y de los surrealismos y totalitarismos del siglo XX, que nos han acostumbrado a admitir que lo negro es blanco, y la noche día, y a tomar la basura por la más grande de las creaciones humanas. Y, ahora, si algún lector piensa que estoy exagerando en este párrafo, debo reconocer que tiene razón: por suerte, hay mucha gente como Leticia.
Nuestros escolares han vuelto a suspender en asignaturas fundamentales y comprensión lectora. Ya estamos a la cola de Europa. Si esto sigue así, al Museo de la Evolución Humana, a punto de ser inaugurado a la sombra de Atapuerca, habrá que cambiarle Evolución por Involución. Luego, tras el Informe PISA, viene Pérez Reverte y despedaza a los últimos ministros y ministras de Cultura, responsables -según él- de este hundimiento educativo. Parece decirnos, entre líneas, que con Franco leíamos mejor. Comparación odiosa donde las haya, sobre todo porque es la pura verdad, como todo el mundo sabe desde que la última evaluación internacional ha vuelto a poner el dedo en la llaga de la LOE y de su madre, la LOGSE.
Es fácil concluir que los Gobiernos y sus reformas contumaces tienen la culpa del triunfo de la ignorancia en nuestros lares. No seré yo quien lo niegue, pero me parece que esa culpa ha de repartirse un poco. Si lo que queremos es un chivo expiatorio, siempre tendremos una ministra a mano, aunque ya digo que así no haremos justicia. Sin apuntar a España, Steiner escribe La barbarie de la ignorancia y se queja de que, en todo el mundo, el noventa y nueve por ciento de los seres humanos prefieren –y están en su perfecto derecho- la televisión idiota, la lotería, el Tour de Francia, el fútbol o el bingo antes que la cultura escrita. El sabio profesor lleva toda su vida esperando que la escolarización obligatoria y la proliferación de bibliotecas cambien tal porcentaje, pero eso nunca sucede. Porque el animal humano es muy perezoso, mientras que la cultura es exigente.
Así que la cuestión no es de Gobiernos y ministros, sino mucho más profunda: con la naturaleza humana hemos topado, esa mezcla inestable y explosiva, explotada por una cultura del ocio que antes sencillamente no existía, y que ahora florece y se consolida gracias a una astronómica cuenta de resultados. Me explicaré un poco más. Es evidente que leer es una elección. Y que si tengo que escoger –como ha sucedido durante siglos- entre leer y estudiar, la probabilidad de acabar leyendo es alta. En cambio, si además de leer tengo la posibilidad de escuchar música, de manejar los mandos de la Playo la Game, de navegar por internet, de chatear, de poner unos mensajes por el móvil, de aprender inglés en una academia y clarinete en un Conservatorio, entonces también es evidente que la probabilidad de abrir un libro será mínima. Porque la lectura requiere tiempo y sosiego como la natación necesita agua. Y tiempo tranquilo es precisamente lo que ya no tenemos en nuestras sociedades opulentas. Tiene que resultar muy difícil leer en medio de la trepidación de un parque de atracciones, aunque en eso se están convirtiendo ciudades y hogares de una España que –en frase de Umbral- ya no es de izquierdas ni de derechas, sino de El Corte Inglés. Por si fuera poco, este nuevo estilo de vida, al que llamamos “progreso”, tiene otros efectos colaterales, contrarios a cualquier actividad intelectual. Bernat Soria acaba de reconocer que la cuarta parte de los jóvenes españoles juguetean con la droga y el alcohol de forma irresponsable. Y nos consta que las consultas de niños y adolescentes a psicólogos y psiquiatras aumentan en la misma proporción que las rupturas familiares.
¿Qué podemos hacer? “Apague y lea” es un buen lema, pero no es fácil aplicarlo, pues ya no estamos enchufados a un televisor, sino a una docena de cachivaches. Felipe -el simpático y apático amigo de Mafalda- estaba hace años en minoría. Hoy, por el contrario, Felipe somos todos –niños, jóvenes y adultos-, inmersos en una una nueva civilización que –como señala Lipovetsky- ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo, de manera que la obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su profeta. Así, abotargados por la omnipresente cultura del ocio y el exceso de pan y circo, no es extraño que nuestros jóvenes padezcan la falta de voluntad de Felipe y la indiferencia desdeñosa del Manolito que se pregunta “a mí qué más me da si el Everest es navegable o no”. ¿Qué hacer?, repito. Creo que ésa es una buena pregunta.