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2. WOODY ALLEN Y EL DRAGÓN

3. HOMERO Y BRAD PITT


5. NO LEAS EL QUIJOTE

6. ¿POR QUÉ MUERE OFELIA?


7. UN HOMBRE, UNA MUJER Y UN PERO

8. EL ENCANTO DE ANA


10. DOS CABALGAN JUNTOS


Un regalo inmerecido
Aunque la expresión de Chesterton sea muy propia, su sentimiento es universal. Lo que escribe nos sugiere, además, una segunda razón para entender el amor en clave divina. Experimentamos la amistad íntima y el amor profundo como regalos inmerecidos -¿por qué a mí?-, que proceden de una generosidad imposible entre los hombres. Ana Frank se enamoró de Peter Van Daan en su escondrijo. Ella tenía catorce años, tres menos que él, pero la vivacidad de la chiquilla y la timidez del muchacho compensaban la diferencia de edad. En páginas encantadoras de su Diario, Ana interpreta esa amistad y ese amor como un regalo divino. El 7 de marzo de 1944 escribe que "por las noches, cuando termino mis oraciones dando gracias por todas las cosas buenas, queridas y hermosas, oigo gritos de júbilo dentro de mí, porque pienso en esas cosas buenas como nuestro refugio, mi buena salud o mi propio ser, y en las cosas queridas como Peter".

La promesa incumplida
Sentimos que el amor despierta en nosotros una sed de felicidad que no puede aplacarse. De hecho, la inflamación amorosa provocada por la belleza corporal deja siempre el sabor agridulce de una promesa incumplida. Por eso, los griegos nos dicen que el amor es hijo de la riqueza y la pobreza, con esa doble herencia: rico en deseos y pobre en resultados. Es también un griego quien interpreta esa contradictoria naturaleza en clave divina. Platón afirma que el Ser Sagrado tiembla en el ser querido. Por eso estaba convencido de que el amor es, en el fondo, una llamada de los dioses, una forma sutil de hacernos entender que, después de la muerte, nos espera otro mundo donde se colmará nuestra sed de plenitud.


12. LOS POLÍTICOS TAMBIÉN MUEREN

Una batalla perdida
Nietzsche se pasó media vida predicando la muerte de Dios, hasta que se volvió loco. Comte soñó con predicar el positivismo ateo en Notre Dame, y profetizó que la estatua de la Humanidad tendría un día por pedestal el altar de Dios. También murió sin ver su sueño cumplido. Voltaire estaba convencido de que podría acabar con la Iglesia Católica: si doce hombres hicieron falta para extenderla por el mundo, uno solo bastaría para echarla abajo. Desde Nerón, la lista de adversarios mortales del Dios cristiano es larga, y el fin de todos ellos es común: el cementerio. Mientras tanto, la Iglesia acumula veinte siglos de vida, y desafía todas las leyes que rigen la supervivencia histórica de las instituciones. Este sencillo y asombroso dato sería una buena lección para ciertos gobernantes atacados por cierta furia iconoclasta. Una buena lección si fueran capaces de superar sus obsesiones ideológicas con una actitud respetuosa hacia la gente que no piensa como ellos. Si pudieran entender que los demás también tienen derecho a pensar lo que quieran. Si leyeran Rebelión en la granja y se aplicaran el cuento, para no repetir la estupidez de los cerdos de Orwell.

Un Dios inevitalbe
Esos políticos no serían agresivos si estuvieran seguros de su ateísmo. Pero su lucha crispada contra la religión deriva precisamente de su falta de seguridad, y de que quieren adquirirla por la fuerza del número, por la sugestión de la unanimidad mental. Sin embargo, hagan lo que hagan, me temo que tienen perdida la batalla de antemano, pues el hombre es un ser esencialmente religioso, como pone de manifiesto un conocimiento mínimo de la historia universal. Kant decía que Dios es el ser más difícil de conocer, pero también el más inevitable. A poco que pensemos, nos resulta inevitable por varias razones. De entrada, porque nos gustaría saber quiénes somos, descifrar el misterio de nuestro origen. Escribe Borges, en tres versos magníficos: Para mí soy un ansia y un arcano, / Una isla de magia y de temores, / Como lo son, tal vez, todos los hombres.

Superar la contumacia
Después de apuntar brevemente los motivos por los que el ser humano busca a Dios, entendemos que Hegel haya dicho que no preguntarse sobre Él equivale a decir que no se debe pensar. También entendemos a Pascal cuando afirma que sólo existen dos clases de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen. A esos gobernantes que pretenden su muerte habría que recordarles lo del personaje de Tirso: "Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud". Deberían entender que la realidad suele ser tozuda, y que la realidad de Dios no lo es menos: si es expulsado por la puerta, entrará por la ventana, y si se le arroja por la ventana, entrará por la puerta. A esos gobernantes que gustan del diálogo y la humildad, les vendría muy bien el recuerdo de Nietzsche, Comte o Voltaire, porque está claro que la historia se repite.

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13. GENÉTICA Y HOMOSEXUALIDAD


15. EMBRIONES

El problema de la manipulación y eliminación de embriones consiste en saber si son o no son personas. Quienes niegan la condición personal del embrión aducen que ser persona es tener autonomía vital y capacidad de relación inteligente. Pero eso les pone en la difícil tesitura de negar la condición personal no sólo al embrión, sino también al recién nacido, al deficiente mental profundo y al hombre que duerme. Quienes afirman la condición personal del embrión aportan el testimonio de la biología: el óvulo fecundado tiene individualidad genética y es capaz de presidir su propio destino hasta la vejez y la muerte natural. La biología pone así de manifiesto la verdad de una intuición universal: que el embrión es un ser humano en estado embrionario.

Por eso, la investigación biomédica debe renunciar a intervenir sobre embriones vivos si no existe la certeza moral de que no se causará daño alguno a su vida y a su integridad. Los embriones vivos merecen el respeto que se debe a cualquier persona humana, y tanto crearlos como mantenerlos en vida para fines experimentales o comerciales es contrario a la dignidad humana. Incluso si ponemos en duda el estatuto humano del embrión, esa misma duda tiene una enorme fuerza argumental: ¿no será el embrión una persona llamada a la autonomía y al protagonismo de su propia vida? Podrá discutirse. Habrá que sopesar los argumentos. Pero si algo está claro es que, en la duda, es obligatorio respetar: nadie puede disparar en el bosque cuando duda si lo hace sobre un hombre.

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16. VIOLENCIA ESCOLAR



19. POR QUÉ SOY BUDISTA

Kant pensaba que Dios existe porque estamos hechos para la justicia. El absurdo que supone, tantas veces, el triunfo insoportable de la injusticia, está pidiendo un Juez Supremo que tenga la última palabra. Sócrates resumió ese argumento en una frase afortunada: "Si la muerte acaba con todo, sería ventajoso para los malos". Kant, que no se caracterizaba por su fervor religioso y sí por su razón muy despierta, también pensaba que no es incompatible el sufrimiento humano con la infinita bondad y omnipotencia de Dios. Con las imágenes madrileñas aún en la retina, estas plabras nos pueden parecer escandalosas. Pero Kant nos diría, entonces, que un Dios infinitamente poderoso y bueno bien podría compensar infinitamente cualquier tragedia humana con un eternidad feliz.

Los griegos calificaban de obsceno lo que no debía ser representado sobre el escenario del teatro, por considerarlo degradante para el espectador. Pero nosotros somos posmodernos, y no necesitamos moralina de Pericles ni de Pérez-Reverte. Por eso producimos estupidez en serie, y luego vemos esas series con gusto, pues estamos encantados de descender del mono y de los surrealismos y totalitarismos del siglo XX, que nos han acostumbrado a admitir que lo negro es blanco, y la noche día, y a tomar la basura por la más grande de las creaciones humanas. Y, ahora, si algún lector piensa que estoy exagerando en este párrafo, debo reconocer que tiene razón: por suerte, hay mucha gente como Leticia.

¿Qué podemos hacer? “Apague y lea” es un buen lema, pero no es fácil aplicarlo, pues ya no estamos enchufados a un televisor, sino a una docena de cachivaches. Felipe -el simpático y apático amigo de Mafalda- estaba hace años en minoría. Hoy, por el contrario, Felipe somos todos –niños, jóvenes y adultos-, inmersos en una una nueva civilización que –como señala Lipovetsky- ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo, de manera que la obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su profeta. Así, abotargados por la omnipresente cultura del ocio y el exceso de pan y circo, no es extraño que nuestros jóvenes padezcan la falta de voluntad de Felipe y la indiferencia desdeñosa del Manolito que se pregunta “a mí qué más me da si el Everest es navegable o no”. ¿Qué hacer?, repito. Creo que ésa es una buena pregunta.