Por su reflejo de la vida, su belleza formal y la profundidad de sus temas, el buen cine es una modalidad artística especialmente enriquecedora. En pantalla no encontramos las cuestiones humanas esenciales: el amor, la amistad, la
conciencia moral, la justicia, la dignidad, el sentido del dolor y de la muerte, la
libertad,
el
respeto
a
la
verdad
y
a
la
vida,
los
límites
de
la
autoridad
política,
la
lucha
por
un
ideal...
Son
los
aspectos
que
han
sido
valorados
en
esta
selección
de
grandes
películas.
1.
Carros
de
fuego.
Hugh
Hudson,
1982. Gran
Bretaña
presentó
esta
gran
película
al
festival
de
Cannes
de
1982.
Su
acción
transcurre
durante
los
dos
años
anteriores
a
las
VII
Olimpiadas,
que
se
celebraron
en
París
en
1924.
Los
jóvenes
protagonistas
son
Harold
Abrahams,
un
judío
de
origen
social
modesto
que
estudia
en
Cambridge,
y
Eric
Lindell,
hijo
de
un
misionero
protestante
escocés.
Ambos
son
magníficos
atletas,
seleccionados
para
la
Olimpiada.
Abrahams,
humillado
por
su
condición
modesta,
aspira
a
una
medalla
para
superar
su
complejo.
Lindell,
que
quiere
ser
misionero
como
su
padre,
considera
que
corriendo
y
ganando
sirve
mejor
a
Dios.
Las
vicisitudes
de
los
dos
atletas,
el
proceso
de
maduración
de
uno
y
la
fidelidad
del
otro
a
sus
creencias
son
el
fundamento
de
una
historia
sabiamente
construida,
llena
de
aciertos
en
los
diálogos
y
situaciones.
La
fuerte
y
diversa
personalidad
de
los
dos
jóvenes,
plasmada
en
secuencias
magistrales,
es
un
certero
estudio
de
psicología
humana.
Carros
de
fuego,
ganadora
de
cuatro
Oscars,
es
una
obra
maestra
por
su
interpretación
y
su
fuerza
dramática,
por
la
fotografía
de
David
Watkin
y
la
música
de
Vangelis.
2.
El
Club
de
los
Poetas
Muertos.
Peter
Weil,
1989.Esta
bella
y
sorprendente
película,
centrada
en
el
mundo
de
la
educación,
hace
reflexionar
al
espectador
sobre
las
inquietudes
y
el
ansia
de
libertad
de
los
adolescentes.
Keating,
un
original
profesor
de
literatura
en
un
prestigioso
colegio
norteamericano,
desea
salvar
a
sus
alumnos
del
aburrimiento
y
la
mediocridad.
Para
ello
recupera
y
repite
el
viejo
carpe
diem
horaciano:
"Aprovechad
el
momento,
chicos;
haced
que
vuestra
vida
sea
extraordinaria,
para
que
nadie
llegue
a
la
muerte
y
descubra
que
no
ha
vivido".
A
Keating
no
le
falta
razón.
Pero
las
consecuencias
de
su
inconcreta
insinuación
van
a
ser
lamentables,
quizá
por
haber
olvidado
dos
matices:
que
aprovechar
el
instante
no
significa
absolutizarlo,
y
que
llenar
el
tiempo
no
es
amontonar
intensidades
placenteras,
sino
lograr
un
mosaico
coherente
y
enriquecedor.
3.
Cyrano.
Jean
Paul
Rappeneau,
1990.Cyrano
de
Bergerac
es
una
de
las
obras
de
teatro
más
célebres
del
mundo,
escrita
y
estrenada
a
finales
del
siglo
XIX.
El
Cyrano
real,
que
inspira
la
famosa
obra
de
Edmond
Rostand,
pertenece
a
la
pequeña
nobleza
de
la
Francia
del
XVII,
y
es
pendenciero,
militar,
filósofo
y
poeta.
Tan
hábil
espadachín
como
grotesco
por
su
apéndice
nasal,
cruz
sin
remedio
de
toda
su
vida:
"Ni
el
capricho
puedo
permitirme
/
de
ser
amado
por
la
más
fea.
/
Me
lo
prohíbe
esta
nariz
que
llega
/
un
cuarto
de
hora
antes
de
que
se
me
vea".
En
1990,
Jean
Paul
Rappeneau
llevó
esta
obra
al
cine
con
un
espléndido
Gérard
Depardieu
en
el
papel
protagonista.
La
película
Cyrano
respeta
el
drama
poético
de
capa
y
espada,
centrado
en
el
amor
imposible
entre
el
grotesco
espadachín
y
la
bella
Roxana:
"Mírame
bien,
amigo,
y
dime
qué
esperanza
/
podría
tener
yo
con
esta
protuberancia".
Por
debajo
de
su
forma
desenvuelta
y
jocosa,
es
el
magnífico
tratamiento
del
amor
lo
que
justifica
la
inclusión
de
Cyrano
en
esta
selección.
De
un
amor
que
aparece
desde
el
primer
momento
como
lo
que
justamente
es:
sustancia
de
la
vida
humana,
principio
constitutivo
de
nuestra
personalidad,
y
origen
de
la
tendencia
natural
a
una
realización
vital
recíproca.
Inolvidable
por
su
carácter,
la
frustración
de
esa
relación
hace
que
Cyrano
sea,
además,
un
personaje
conmovedor:
"Jamás
gocé
de
maternal
ternura.
/
No
tuve
hermanas,
y
las
mujeres
/
me
han
hecho
bromas
inhumanas.
/
Pero
Dios
quiso
darme
una
amiga
/
en
vos,
querida.
Y
aun
fue
dichosa,
/
gracias
a
vos,
mi
vida".
4.
Deliciosa
Martha.
Sandra
Nettelbeck,
2001. Martha
tiene
más
de
treinta
años
y
la
vemos
en
la
cocina
de
uno
de
los
mejores
restaurantes
de
Hamburgo,
entre
una
docena
de
hombres
y
mujeres
de
blanco,
que
cocinan
o
sirven
a
los
clientes.
Todos
se
dirigen
a
ella
porque
es
el
chef,
y
ella
responde,
ordena,
coordina.
Es
meticulosa
y
perfeccionista,
celosa
del
secreto
de
sus
recetas
exquisitas,
halagada
por
una
clientela
que
se
deshace
en
elogios.
Pero
Martha
está
sola
y
vive
sola.
No
tiene
amigos
ni
familia.
Y
todo
lo
que
sabe
de
cocina
lo
desconoce
del
corazón
humano:
por
eso
es
inflexible
y
cortante,
desconfiada
y
suspicaz.
En
su
dolorosa
inmadurez,
en
su
torpeza
en
el
manejo
de
los
sentimientos
propios
y
ajenos,
en
su
papel
de
mujer
independiente,
que
ha
cambiado
su
corazón
por
un
manual
de
cocina,
tan
fuerte
y
tan
frágil
a
la
vez,
Martha
nos
resulta
conmovedora.
Al
final,
lo
que
necesita
es
darse
de
bruces
con
alguien
tan
bueno
en
la
cocina
como
ella,
pero
alegre
y
humano,
sencillo
y
locuaz,
que
sepa
cantar
y
contar
un
chiste,
hablar
de
fútbol
y
de
música,
escuchar
y
comprender.
Martha
necesita
la
alegría
y
el
amor
de
Mario,
y
eso
es
lo
que
también
nos
regala
la
guionista
y
directora
de
esta
deliciosa
película.
5.
Descubriendo
a
Forrester,
Gus
Van
Sant,
2001. Lo
último
que
se
sabe
de
William
Forrester
es
que
escribió
una
novela
galardonada
con
el
premio
Pulitzer
hace
cuatro
décadas.
Pero
las
cosas
van
a
cambiar
el
día
que
Jamal
Wallace,
un
adolescente
con
afición
al
básket
y
vocación
de
escritor,
se
tropieza
con
el
solitario
viejo.
Inesperadamente,
comienza
para
ambos
un
enriquecimiento
mutuo.
Jamal
no
solo
va
a
encontrar
un
cualificado
admirador,
sino
un
mentor
que
le
retará
a
cambiar
su
vida
para
siempre.
Forrester
descubrirá
la
primera
razón,
en
muchos
años,
para
salir
de
la
soledad
que
se
había
autoimpuesto.
6.
Gandhi.
Richard
Attenboroug,
1983. Protagonizada
por
un
magnífico
Ben
Kingsley
y
rodada
en
escenarios
naturales
de
Inglaterra
y
la
India,
Gandhi
fue
ganadora
de
ocho
Oscars.
Junto
a
sus
cualidades
cinematográficas
y
a
sus
tres
horas
de
metraje,
la
película
es
casi
un
curso
de
ética
y
filosofía
política,
donde
se
tratan
cuestiones
como
la
legitimidad
de
la
desobediencia
civil
y
de
la
sedición
contra
el
gobierno
colonial,
así
como
el
derecho
de
autodeterminación
del
pueblo
indio,
la
prudencia
política
y
los
límites
de
la
tolerancia.
En
su
lucha
denodada
por
la
independencia
de
su
país,
Gandhi
buscará
siempre
la
justicia
y
la
solución
pacífica.
Éstos
son
sus
argumentos:
"Dado
que
el
mal
sólo
se
mantiene
por
la
violencia,
es
necesario
abstenernos
de
toda
violencia";
"Si
respondemos
con
violencia,
nuestros
futuros
líderes
se
habrán
formado
en
una
escuela
de
terrorismo";
"Si
respondemos
ojo
por
ojo,
lo
único
que
conseguiremos
será
un
país
lleno
de
ciegos".
7.
Los
gritos
del
silencio.
Roland
Joffé,
1984. La
traducción
literal
de
su
título,
"Campos
asesinos",
responde
mejor
a
la
historia
contada:
los
horrores
que
sufre
Camboya
bajo
la
dictadura
comunista
del
Khmer
Rojo,
en
los
años
ochenta
del
siglo
XX.
Sydney
Chamberg,
reportero
del
New
York
Times
Magazine,
consigue
algunas
primicias
con
la
ayuda
de
Dith
Pran,
un
camboyano
que
se
siente
periodista.
Chamberg,
expulsado
del
país
junto
a
los
demás
corresponsales
extranjeros,
gana
el
premio
Pulitzer
por
sus
reportajes
camboyanos.
Pran
es
apresado
y
conducido
a
un
campo
de
exterminio,
pero
conseguirá
escapar
y
huir
a
Tailandia.
La
historia
es
durísima
y
hermosa,
porque
nos
muestra
al
mismo
tiempo
la
violencia
despiadada
contra
todo
un
pueblo,
y
la
categoría
de
dos
hombres
que
se
juegan
la
vida
por
contar
la
verdad
y
mantener
su
amistad.
El
final
es
una
escena
inolvidable,
envuelta
en
Imagine,
la
canción
en
la
que
John
Lenon
te
pide
que
imagines
un
mundo
sin
países
ni
fronteras,
donde
no
haya
nada
por
lo
que
matar
o
morir,
ni
posesiones,
ni
codicia,
ni
hambre...
8.
Matar
un
ruiseñor.
Robert
Mulligan,
1962. Las
buenas
novelas
no
suelen
ser
superadas
por
sus
versiones
cinematográficas.
En
este
caso,
la
historia
con
la
que
Harper
Lee
gana
el
premio
Pulitzer
sirve
a
Gregory
Peck
para
logar
el
Óscar
al
mejor
actor,
y
para
que
Átticus
Finch
-el
personaje
que
encarna-
sea
en
su
país
el
preferido
entre
los
héroes
de
Hollywood.
Se
trata
de
un
abogado
joven
y
viudo,
con
una
hija
de
6
años
y
un
hijo
de
12.
Vive
en
una
ciudad
con
fuertes
prejuicios
racistas,
marcada
por
la
depresión
de
1929,
y
acepta
la
defensa
de
un
chico
negro,
acusado
de
violar
a
una
joven
blanca.
Átticus
es
para
sus
hijos
un
ejemplo
de
integridad
y
valentía,
pero
sobre
todo
es
un
padre
excelente.
Harper
Lee
y
Gregory
Peck
no
han
podido
refejar
mejor
lo
que
significa
educar
y
ser
padre:
esa
delicada
mezcla
de
autoridad
y
cariño,
de
exigencia
razonable
y
confianza,
de
respeto
a
la
libertad
y
apelación
a
la
responsabilidad,
de
preocupación
por
los
demás
y
ejemplaridad
amable.
9.
Porco
Rosso.
Hayao
Miyazaki. Después
de
la
Primera
Guerra
Mundial,
algunos
pilotos
italianos
de
hidroaviones
formaron
bandas
de
piratas
del
aire.
Porco
-figura
legendaria
entre
los
pilotos
y
viejo
amigo
de
muchos-
combate
por
su
cuenta
a
los
piratas.
Es
un
tipo
duro,
algo
solitario
y
escéptico,
que
recuerda
al
Bogart
de
Casablanca.
Y
es
también
un
personaje
entrañable,
del
que
se
enamoran
sin
mucha
esperanza
Gina
y
Fío.
Quien
no
conozca
a
Miyazaki
-maestro
indiscutible
de
la
animación
japonesa,
creador
de
series
televisivas
como
Heidi
o
Marco,
y
de
películas
como
La
princesa
Mononoke
y
El
viaje
de
Chichiro-
quizá
no
imagine
que
unos
dibujos
animados
puedan
superar
a
la
fotografía,
y
es
posible
que
jamás
haya
visto
un
Mediterráneo
más
hermoso,
envuelto
en
melodías
italianas
tan
bellas
y
soleadas
como
el
mar.
10.
Smoke.
Wayne
Wang
y
Paul
Auster.
1994,
112
min.Un
grupo
de
personas
corrientes
coinciden
a
menudo
en
un
estanco
de
Brooklyn.
Son
tipos
que
saben
perder
el
tiempo
charlando,
como
lo
podrían
"perder"
haciendo
deporte,
leyendo
o
trabajando.
La
tesis
de
la
película
se
le
escapa
a
uno
de
los
protagonistas,
en
medio
de
una
conversación:
"Las
cosas
más
preciosas
son
más
ligeras
que
el
aire".
En
Smoke,
donde
todos
fuman
y
conversan,
el
humo
se
lleva
las
palabras
que
se
dicen
los
amigos
después
de
una
larga
calada.
Y,
como
en
ellas
va
el
alma,
el
humo
-a
pesar
de
su
liviana
apariencia-
pesa
mucho
más
que
cualquier
otra
cosa.
Una
película
para
disfrutar
con
el
arte
de
contar
historias,
con
la
magia
de
los
silencios,
con
la
belleza
de
la
amistad
y
un
prodigioso
final.
11.
Tan
lejos,
tan
cerca.En
1993,
Wim
Wenders
sorprende
a
propios
y
extraños
al
rodar
"Tan
lejos,
tan
cerca",
una
secuela
de
"El
cielo
sobre
Berlín".
Una
vez
más,
los
ángeles
pasean
por
la
ciudad
-tras
la
caída
del
Muro-,
e
intervienen
en
la
vida
de
los
hombres.
Una
película
imposible,
pues
no
se
puede
filmar
a
seres
invisibles,
y
si
se
hace
ha
de
resultar
inverosímil.
Sin
embargo,
Wenders
consigue
hacernos
evidentes
y
creíbles
a
los
ángeles,
logra
transmitirnos
sus
emociones,
y
nos
permite
asomarnos
al
fondo
del
alma
de
los
seres
humanos
que
ellos
miran
con
indecible
amor
y
respeto.
No
en
vano,
Wenders
ha
ganado
la
Palma
de
Oro
en
Cannes,
el
León
de
Oro
en
Venecia,
el
premio
del
jurado
en
Berlín,
un
BAFTA
británico
al
mejor
director,
el
premio
al
Mejor
Director
Europeo
y
muchos
otros.
Se
le
considera,
de
manera
unánime,
uno
de
los
directores
que
han
revolucionado
el
lenguaje
cinematográfico.
Desde
1991
es
director
de
la
Academia
de
Cine
Europeo.
"Tan
lejos,
tan
cerca",
una
obra
maestra
que
bucea
en
el
misterio
de
la
vida
y
de
la
condición
humana,
está
pensada
para
espectadores
reflexivos
y
exigentes.
12.
Un
hombre
para
la
eternidad.
Fred
Zinneman,
1966.Película
histórica
sobre
la
vida
de
Thomas
Moro,
humanista
británico
autor
de
Utopía,
amigo
de
Erasmo
y
Gran
Canciller
de
Inglaterra
durante
la
monarquía
de
Enrique
VIII.
Ofrece
una
imagen
nítida
del
absolutsimo
monárquico
de
la
Edad
Moderna,
y
plantea
el
eterno
conflicto
entre
la
obediencia
al
poder
injusto
o
a
la
conciencia
moral.
Basada
en
una
obra
teatral
de
Robert
Bolt,
fue
dirigida
por
Fred
Zinneman
en
1966,
y
magníficamente
interpretada
por
Paul
Scofield
(Moro),
Robert
Shaw
(Enrique
VIII)
y
Orson
Wells
(cardenal
Wolsey).
13.
Vencedores
y
vencidos
Stanley
Kramer,
1961. La
traducción
literal
de
su
título
es
El
juicio
de
Nuremberg,
un
largo
y
delicado
proceso
judicial
contra
políticos,
médicos
y
juristas
nazis,
acusados
de
asesinar
a
seis
millones de
judíos
inocentes.
El
espinoso
problema
que
se
plantea
es,
en
el
fondo,
saber
si
se
puede
condenar
a
jueces
y
médicos
que
se
limitaron
a
cumplir
las
leyes
de
su
país,
promulgadas
por
un
Parlamento
elegido
democráticamente.
Por
tanto,
también
se
trata
de
una
reflexión
sobre
los
límites
del
positivismo
jurídico,
y
sobre
la
necesidad
de
un
derecho
natural
universal
e
inviolable.
"Un
juez
no
es
quien
promulga
leyes,
sino
quien
las
hace
cumplir",
esgrimirá
la
defensa
alemana.
Y
el
mismo
juez
responderá:
"Si
los
hombres
no
son
responsables
de
sus
actos,
tendrá
usted
que
explicármelo".
En
su
explicación
de
las
sentencias,
el
juez
explica
que
"este
juicio
enseña
que
hombres
normales,
incluso
excepcionales,
pueden
engañarse
hasta
la
monstruosidad".
La
fuerza
y
precisión
de
los
diálogos
es
extraordinaria,
y
pone
de
manifiesto
la
diferencia
esencial
entre
lógica
y
verdad,
y
el
enorme
peligro
de
que
esa
distinción
pueda
quedar
oculta
o
difuminada
por
la
retórica.
Resulta
magistral
la
interpretación
llevada
a
cabo
por
actores
como
Spencer
Tracy,
Marlene
Dietrich,
Montgomery
Clift,
Burt
Lancaster
o
Richard
Widmark.
14.
¡Viven!,
Frank
Marshall,
1993. En
octubre
de
1972,
el
avión
en
que
viajaban
los
componentes
de
un
equipo
uruguayo
de
rugby
se
estrelló
en
los
Andes.
Al
cabo
de
unos
días,
los
supervivientes
comprendieron
que la
operación
de
rescate
había
sido
abandonada,
y
los
pasajeros
dados
por
muertos.
Si
querían
sobrevivir
tendrían
que
arreglárselas
por
sus
propios
medios.
Entre
esos
medios,
una
decisión
que
más
tarde
conmocionaría
al
mundo:
alimentarse
de
los
cadáveres
de
los
fallecidos.
Estos
sucesos
reales
inspiraron
un
libro
de
Piers
Paul
Read.
Frank
Marshall,
productor
de
muchas
películas
de
Spielberg,
ha
enriquecido
la
historia
hablando
con
los
supervivientes,
y
nos
la
cuenta
con
el
mayor
realismo
posible,
sin
ceder
al
sentimentalismo
ni
recrearse
en
aspectos
morbosos.
Lo
más
importante
de
esta
película
está
en
la
riqueza
de
su
enfoque
antropológico.
En
palabras
del
propio
Marshall:
"El
instinto
de
supervivencia
de
unas
personas,
la
solidaridad
del
ser
humano,
el
trabajo
en
equipo,
la
hermandad
del
hombre
en
una
situación
límite,
que
puede
ayudarle
a
sobreponerse
a
las
circunstancias".
15.
Tiempos
modernos.
Chaplin,
1936.Crítica
ingeniosa
y
sutil
de
la
sociedad
industrial,
centrada
en
la
crisis
económica
de
1929.
Chaplin
-director
y
protagonista-
nos
muestra
la
vida
del
obrero
en
plena
sociedad
capitalista
industrial,
sometido
a
los
nuevos
ritmos
de
trabajo
que
marca
la
cadena
de
montaje,
bajo
las
consecuencias
del
industrialismo
desaforado:
división
de
clases
sociales,
paro,
pobreza,
deshumanización
del
trabajador
en
su
trabajo,
represión
policial,
etc.
El
mensaje
final,
sin
embargo,
no
carece
de
optimsimo:
hay
que
resistir
y
no
perder
la
sonrisa
ni
la
esperanza.
16.
Luces
en
la
ciudad.
Chaplin. Esta
magnífica
historia
provoca
la
carcajada
y
la
emoción
de
forma
insuperable.
Las
escenas
cómicas
en
la
inauguración
de
la
estatua,
en
el
combate
de
boxeo
o
en
el
restaurante
son
antológicas,
igual
que
el
romance
con
la
florista
ciega,
repleto
de
melancolía
e
ilusión
hasta
su
bellísimo
desenlace.
17.
El
chico.
Chaplin,
1921. Una
pobre
mujer
londinense
se
ve
en
la
necesidad
de
abandonar
a
su
hijo.
Por
una
serie
de
avatares,
el
bebé
terminará
siendo
cuidado
por
Charles
Chaplin,
un
vagabundo
que
se
convierte
en
su
padre.
En
la
primera
de
sus
obras
maestras,
Chaplin
pone
la
insuperable
expresividad
de
su
gesto
al
servicio
de
una
magnífica
historia
dramática,
llena
de
profundidad,
humor,
emoción
y
ritmo.
18.
Ni
uno
menos.
Zhang
Yimou,
1999. Desde
que
en
1988
triunfara
con
Sorgo
rojo,
el
líder
de
la
Quinta
Generación
de
la
Escuela
de
Cine
de
Pekín
ha
dirigido
un
buen
número
de
obras
maestras.
Dice
que
muchos
de
los
parientes
de
su
madre
eran
maestros
rurales,
y
que
cada
vez
que
pasaba
por
delante
de
una
escuela
sentía
la
tentación
de
pararse
a
mirar
por
la
ventana.
Es
lo
que
ha
hecho
en
esta
bellísima
película,
ganadora
del
León
de
Oro
en
el
Festival
de
Venecia
1999.
En
ella
cuenta
cómo
el
profesor
Gao,
maestro
en
una
escuela
primaria
de
una
deprimida
zona
rural,
tiene
que
ausentarse
durante
un
mes
para
atender
a
su
madre
enferma.
El
alcalde
consigue
que
le
sustituya
Wei,
una
inexperta
chiquilla
de
trece
años,
poco
mayor
que
sus
nuevos
alumnos.
Wei
es
tan
real
que,
por
no
cambiar,
no
ha
cambiado
ni
de
nombre.
Los
espectadores
reirán
las
travesuras
del
aula,
se
identificarán
con
la
sencillez
de
los
pequeños
y
con
la
maestra
en
apuros,
y
quedarán
profundamente
conmovidos
por
la
evolución
de
la
historia
y
su
desenlace.
Yimou,
el
más
occidental
de
los
cineastas
orientales,
es
un
excepcional
narrador,
con
una
sencillez
y
una
técnica
inigualables.
19.
El
camino
a
casa, es
un
poema
visual
para
el
que
es
difícil
encontrar
adjetivos
adecuados.
Con
esta
película,
Zhang
Yimou
obtuvo
en
el
Festival
de
Berlín
2000
el
Oso
de
Plata
(Premio
Especial
del
Jurado).
Narra
la
historia
del
primer
matrimonio
no
concertado,
en
un
pueblo
remoto
del
norte
de
China.
Con
un
delícadísimo
ritual
de
seducción,
una
bella
e
ingenua
campesina
gana
para
siempre
el
corazón
de
un
joven
maestro.
La
fuerza
de
las
imágenes
y
de
los
gestos
solo
precisa
de
unos
diálogos
escuetos.
Tras
su
cuidada
sencillez,
Yimou
subraya
los
sutiles
matices
del
enamoramiento,
critica
de
forma
implícita
la
deshumanización
de
la
vida
urbana,
y
exhibe
una
asombrosa
sustancialidad
dramática
y
lírica.
Séptimo
Arte
en
estado
puro.
20.
Vivir, película
que
muchos
consideran
la
mejor
de
Zhang
Yimou,
ganó
el
Gran
Premio
del
Jurado
y
al
mejor
actor
en
Cannes
1994.
A
través
de
la
vida
de
un
matrimonio,
cuenta
la
evolución
de
la
sociedad
y
la
cultura
china
en
el
siglo
XX,
desde
antes
de
la
Revolución
Comunista
de
Mao.
Los
momentos
felices
y
los
trágicos
se
suceden
en
una
historia
entrañable
y
emotiva,
que
también
representa
una
critica
velada
al
dogmatismo
del
sistema.